Al entrar al ascensor, como había otros pasajeros dentro, Renato la protegió con sumo cuidado, sin importarle las miradas extrañadas de los demás, y simplemente la envolvió entre sus brazos.
...
Irene había estado sentada todo el tiempo en las sillas del área de espera. Solo vio a Lázaro entrar al ascensor, pero no sabía a dónde había ido.
Cuando escuchó que las puertas se abrían de nuevo, estiró el cuello para mirar. Lázaro no estaba entre las personas que salieron, pero logró ver a Renato y a Magdalena.
El alto y apuesto hombre abrazaba a la hermosa mujer con un brazo, mientras con la otra mano llevaba un bolso de mujer color naranja. Sin saber qué le había dicho ella, él bajó la mirada para verla y en sus finos labios se dibujó una sutil sonrisa.
Resulta que aquel hombre que, según los rumores, era frío y carente de emociones, también tenía un lado tierno.
Esperó unos minutos más mirando hacia ambos lados, pero Lázaro seguía sin aparecer. Desde hacía un rato tenía ganas de ir al baño y ya no podía aguantar más. Se apoyó en el respaldo de la silla para levantarse, tomó las medicinas que le habían recetado y cojeó en dirección a los sanitarios.
Cuando Lázaro bajó por el ascensor hasta el vestíbulo, la mujer ya no estaba en la zona de descanso. Frunció el ceño ligeramente; pensó que tal vez había llamado a su familia para que pasaran a recogerla.
Empezó a caminar hacia la salida del hospital, pero tras dar un par de pasos, escuchó la voz de la mujer detrás de él.
—Presidente Guzmán, ¿piensa abandonarme?
Al darse la vuelta, vio a Irene de pie a unos dos metros, mirándolo con cierto resentimiento.
Él se acercó y preguntó en tono neutro.
—¿A dónde fuiste?
Ella contestó algo apenada.
—Al baño.
Lázaro la sostuvo por el brazo.
—Vamos.
Al salir del hospital, Irene dio por sentado que Lázaro la llevaría en su auto. Sin embargo, él levantó la mano para detener un taxi, le abrió la puerta y la ayudó a subir. Luego sacó su billetera, extrajo tres billetes nuevos y, tocando la ventanilla, se los entregó al taxista cuando este la bajó.
—Llévela a su casa.
Irene lo miró a través de la ventana medio abierta.
—¿No dijo que me llevaría usted?
—Señorita Blanco —Lázaro la observó con el rostro sombrío y la mirada fría—, ¿se atreve a subirse al auto de un extraño?

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