Capítulo 1. La cita fallida.
El reloj marcaba las 23:47 cuando Elena dejó de contar los minutos.
Había pedido un agua mineral hace una hora. Luego un café solo que ya estaba frío. El camarero, un hombre de sonrisa amable, le había preguntado dos veces si quería algo más, y Elena había negado con la cabeza sin atreverse a hablar, porque temía que su voz se rompiera antes de tiempo.
El restaurante francés era pequeño, íntimo, con luces tenues y manteles de lino blanco. Había reservado una mesa en el rincón, la que daba a la calle, porque a Marcos no le gustaba tener visibilidad. "Por si veo a algún conocido, cariño. No quiero que los niños se enteren por terceros."
Respiró profundo tratando de calmar su atribulado corazón. Porque aunque no quisiera admitirlo, esa era la excusa que siempre utilizaba, los niños, seguido de una promesa de que todo cambiaría, pero eso nunca llegaba.
Elena pasó los dedos por el borde de la copa de vino vacía y sintió el frío del cristal calarle hasta los huesos. Dentro de su bolso, escondido entre la cartera y un pañuelo de encaje, estaba el regalo que había comprado esa misma mañana como obsequio por su ascenso: un llavero de plata con una pequeña inicial M y un lapicero. No era caro. Pero era sincero. Y para ella, que llevaba tres años siendo la novia invisible, cualquier gesto que dijera "existo"*era un tesoro.
Había planeado dárselo después de la cena. Había planeado decirle: "Marcos, quiero que seamos oficiales. No pido una boda, solo pido dejar de esconderme."
Sin embargo, el reloj seguía avanzando, y la mesa seguía vacía, y el camarero ya había empezado a recoger las velas de las mesas vecinas.
Elena respiró hondo. Se repitió el pacto que había hecho consigo misma esa tarde, mientras se arreglaba frente al espejo y se maquillaba con más esmero del habitual.
"Si llega, lo intento una vez más. Si no llega, o si llega y pone otra excusa, lo dejo. Esta noche. Para siempre."
No era la primera vez que hacía ese pacto. Pero estaba decidida a que fuera la última.
23:52.
Justo en ese momento, por fin la puerta del restaurante se abrió con un tintineo de campanillas, y el corazón de Elena dio un vuelco tan brusco que casi le duele.
Era Marcos.
Llegaba con el traje azul marino que ella le había regalado en su segundo aniversario, el pelo peinado hacia atrás, esa sonrisa de ejecutivo seguro que a ella siempre le había parecido tan atractiva y que ahora, de repente, se le antojaba extraña.
Se levantó tan rápido que el borde de la mesa golpeó su rodilla, pero ni siquiera lo sintió. Cruzó el restaurante con pasos cortos, casi infantiles, y cuando llegó a él, lo abrazó. Lo abrazó con fuerza, apretando la mejilla contra su pecho, respirando su colonia de siempre, la misma que conocía desde el primer día.
—Llegaste —susurró, y su voz temblaba—. Creí que no vendrías.
Marcos la apartó con suavidad. Demasiada suavidad. Como si ella fuera de porcelana y él temiera romperla.
—Claro que vendría —dijo, pero su mirada ya estaba recorriendo el restaurante, escaneando mesas, comprobando caras—. ¿Estás sola?
Elena parpadeó.
—¿Cómo así? Claro que estoy sola. Te estaba esperando.
—Bien, bien —asintió él, y entonces hizo algo que a Elena le heló la sangre, se soltó el brazo que ella aún sostenía con ambas manos y dio medio paso atrás.
Un solo paso. Pero fue como si hubiera levantado una muralla entre ellos.
Elena lo miró, confundida.
—Marcos, ¿qué haces?

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