El vestido de novia costaba más que todo lo que había ganado en diez años de matrimonio con Rodrigo. Se observó en el espejo del vestidor, apenas reconociendo a la mujer que le devolvía la mirada. Seda italiana color marfil que caía como agua sobre su cuerpo, un escote que sugería sin revelar, y una cola que se arrastraba tres metros detrás de ella como la promesa de algo grandioso. El diseñador había volado desde Milán específicamente para los ajustes finales, y ahora estaba arrodillado a sus pies, colocando los últimos alfileres con la reverencia de quien viste a una reina.
—Perfecta —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Absolutamente perfecta.
Tres días atrás, Valentina era una mujer sin casa, sin trabajo y sin futuro. Ahora estaba a punto de casarse con uno de los hombres más poderosos del país, en una ceremonia que saldría en todas las revistas de sociedad, haciendo que los Mendoza se atragantaran con su café de la mañana.
La puerta se abrió y Sebastián entró sin anunciarse, deteniéndose en seco cuando la vio.
—Se supone que el novio no debe ver a la novia antes de la ceremonia —dijo, aunque su voz salió más temblorosa de lo que pretendía—. Da mala suerte.
—No creo en la suerte —respondió él, pero algo en su expresión se había suavizado de una manera que no había visto antes, algo que se parecía peligrosamente a la admiración genuina—. Creo en la estrategia. Y tú, Valentina, eres la mejor estrategia que he tenido en años.
No supo si sentirse halagada o insultada, así que optó por ignorar el comentario y girarse hacia el espejo una vez más.
—¿Está todo listo?
—Trescientos invitados, incluyendo a la mitad de la élite empresarial del país. Doce periodistas acreditados. Cobertura en vivo en tres canales. —Sebastián se acercó hasta quedar detrás de ella, y sus ojos se encontraron en el reflejo—. Y los Mendoza en primera fila.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Invitaste a los Mendoza?
—Por supuesto. Es una boda de sociedad, habría sido sospechoso no invitarlos. Además —su sonrisa se volvió depredadora—, quiero que vean exactamente lo que perdieron.
* * *
La capilla privada de la familia Duarte era una joya arquitectónica del siglo XVIII que había sobrevivido guerras, revoluciones y el paso implacable del tiempo. Vitrales que filtraban la luz en arcoíris sobre los bancos de madera tallada, un altar de mármol blanco coronado por un crucifijo de oro, y flores blancas cubriendo cada superficie disponible hasta que el aire mismo olía a jazmín y promesas.
Caminó por el pasillo del brazo de Eduardo Vásquez, el abogado que había cambiado su vida hace apenas unos días, porque no tenía a nadie más que pudiera hacerlo. Su padre nunca existió, su madre estaba muerta, y las personas que había considerado su familia la habían echado como a un perro.
Pero mientras avanzaba hacia el altar, con trescientas personas de pie observándola, no pensó en lo que había perdido. Pensó en lo que estaba ganando.
Los vio en la tercera fila.
Doña Carmen, rígida como una estatua de hielo, con un vestido negro que parecía más apropiado para un funeral que para una boda. Rodrigo a su lado, pálido, con ojeras que sugerían noches sin dormir, mirándola con una expresión que mezclaba incredulidad y algo que se parecía dolorosamente al arrepentimiento. Y Mónica, medio paso detrás, con un vestido rojo que gritaba desesperación y una sonrisa tan falsa que podía verse el esfuerzo desde el altar.
Les sostuvo la mirada durante tres segundos exactos, lo suficiente para que supieran que los había visto, lo suficiente para que entendieran que no le importaban, y luego giró hacia Sebastián con una sonrisa que era toda para él.
El sacerdote comenzó la ceremonia con palabras que apenas registró, algo sobre el amor eterno y la unión sagrada, conceptos que no tenían lugar en este matrimonio de conveniencia pero que sonaban hermosos de todas formas.
—Sebastián Alejandro Duarte Montenegro —dijo el sacerdote—, ¿aceptas a Valentina como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
—Acepto —respondió Sebastián, y su voz resonó en la capilla con una convicción que casi parecía real.
—Valentina Reyes, ¿aceptas a Sebastián como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Miró a Sebastián, este hombre que era prácticamente un desconocido, este hombre que le había ofrecido venganza envuelta en un contrato matrimonial, y dijo las palabras que cambiarían todo:
—Acepto.
—Puede besar a la novia.
No habían hablado de esto. El contrato no mencionaba besos, no mencionaba contacto físico más allá de lo estrictamente necesario para mantener las apariencias. Pero trescientas personas los observaban, y entre ellas estaban los Mendoza, y este era el momento de demostrar que eran reales.
Sebastián se inclinó hacia ella, y por un segundo vio la pregunta en sus ojos, la solicitud silenciosa de permiso. Asentió casi imperceptiblemente, y entonces sus labios encontraron los suyos.
El beso fue suave al principio, casi casto, el tipo de beso que se espera en una ceremonia religiosa. Pero entonces algo cambió, algo se encendió, y su mano encontró su cintura y le acercó hacia él, y el beso se profundizó de una manera que hizo que el calor subiera a sus mejillas y que olvidara por completo dónde estaban.
Cuando se separaron, la capilla estalló en aplausos, pero Valentina apenas los escuchó. Solo podía ver a Sebastián, solo podía sentir el latido acelerado de su corazón, solo podía preguntarse qué demonios acababa de pasar.

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