La suite principal de la mansión Duarte era más grande que el apartamento donde había vivido los últimos diez años.
Caminó por el espacio con el vestido de novia todavía puesto, incapaz de procesar la magnitud de lo que le rodeaba. Una cama tamaño emperador con dosel de terciopelo azul oscuro, ventanales que daban a los jardines iluminados por la luna, una chimenea de mármol que ya crepitaba con un fuego que nadie había encendido en su presencia, y un vestidor que se extendía hacia un segundo cuarto lleno de ropa que aparentemente ahora era suya.
—El baño está a la izquierda —dijo Sebastián desde la puerta, quitándose la chaqueta del esmoquin con movimientos cansados—. Hay todo lo que puedas necesitar. Si falta algo, dile a Hortensia mañana.
—¿Dónde dormirás tú? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
—Aquí —respondió él, señalando la cama con un gesto—. El personal habla, y el personal de mi tío escucha. Si dormimos en habitaciones separadas la primera noche de bodas, mañana Alejandro tendrá otro argumento para cuestionar la validez de nuestro matrimonio.
—El contrato decía...
—El contrato decía que no te tocaría sin tu permiso —le interrumpió, aflojándose la corbata—. Y no lo haré. Pero la cama es lo suficientemente grande para que quepa una familia entera sin tocarse. Creo que podemos sobrevivir una noche.
Tenía razón, por supuesto. La cama era absurdamente grande, y mantener las apariencias era exactamente para lo que se había casado con él. Pero había algo en la idea de compartir un espacio tan íntimo con este hombre que hacía que su estómago se retorciera de una manera que no quería examinar demasiado de cerca.
—Necesito ayuda con el vestido —admitió, girándose para mostrarle la hilera interminable de botones que bajaban por su espalda—. No puedo alcanzar los botones.
Un silencio largo se extendió entre ellos, y por un momento pensó que llamaría a una de las doncellas. Pero entonces escuchó sus pasos acercándose, y sus dedos encontraron el primer botón.
El roce de sus nudillos contra su piel enviaba pequeñas descargas eléctricas por su columna. Trabajaba en silencio, con una concentración que podía sentir en la tensión de sus movimientos, y Valentina mantenía la vista fija en el espejo frente a ella, observando cómo el vestido se aflojaba lentamente.
—Puedo terminar sola —dijo cuando llegó a la mitad de su espalda, porque su voz había empezado a sonar extraña y su respiración se había vuelto superficial.
—Bien.
Se apartó inmediatamente, como si también él hubiera estado conteniendo algo, y desapareció sin otra palabra.
Se cambió rápidamente, poniéndose el camisón de seda que había encontrado en el vestidor, y cuando salió del baño veinte minutos después, Sebastián ya estaba en la cama, del lado izquierdo, con un libro en las manos y gafas de lectura que no sabía que usaba. Las gafas lo hacían parecer más humano, más accesible. Menos depredador y más... hombre.
Se metió en la cama del lado derecho, manteniendo una distancia considerable, y se quedó mirando el dosel sobre ellos mientras el silencio se espesaba.
Entre los dos quedaba tanto espacio que habría cabido otra persona. Aun así, era demasiado consciente de su presencia: el sonido de cada página al pasar, el movimiento mínimo del colchón cuando cambiaba de postura, el olor limpio de su jabón mezclado con el humo de la chimenea.
—Puedes poner una almohada en medio si te hace sentir mejor —dijo sin mirarla.
—¿Una frontera internacional?
—Con tratado de no agresión incluido.
Tomó una de las almohadas decorativas y la dejó entre ellos. Sebastián alzó una ceja.
—No cruces —advirtió.
—Señora Duarte, soy un hombre de contratos.
—Eso todavía está por demostrarse.
Él soltó una risa baja. No la sonrisa calculada que usaba frente a la prensa ni la cortesía helada de las reuniones. Una risa real. Fue la primera vez que pensó que quizá existía una versión de Sebastián que no estaba siempre defendiendo territorio.
—¿Vas a contarme tu secreto? —preguntó él finalmente, sin apartar la vista del libro.
—¿Vas a contarme el tuyo?
Cerró el libro y se quitó las gafas, girándose para mirarla con esos ojos oscuros que parecían ver demasiado.
—Hace cinco años, estuve comprometido —dijo, y las palabras cayeron entre ellos como piedras en agua quieta—. Se llamaba Luciana. Era hija de uno de los socios de mi padre, la unión perfecta entre dos familias poderosas. Yo creía que la amaba.


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