—Déjemelo a mí —asintió Abraham.
Antes de que Fiona pudiera entender lo que pasaba, vio cómo Abraham agarraba al hombre del brazo y lo arrastraba hacia la sala de tratamiento.
—Señorita Santana, con su permiso, usaré su sala un momento.
Acto seguido, Abraham cerró la puerta desde dentro.
-Pum-
El portazo resonó con fuerza, retumbando en cada rincón de la clínica. Todos miraron hacia la sala de tratamiento, sin saber qué pretendía Abraham. Solo cuando los gritos de dolor de Yamil comenzaron a oírse, Fiona se dio cuenta de la gravedad del asunto.
—Señor Flores, ¿por qué no mejor llamamos a la policía? Él tiene una condición alérgica y acaba de recuperarse de un shock. Si lo lastiman ahora, podría ser muy peligroso —dijo Fiona, mirando a Samuel con nerviosismo y una pizca de preocupación.
—¡Sí, mejor que se encargue la policía! —la apoyó Ofelia.
Samuel se sentó en la silla de consulta, apoyó su largo brazo sobre el escritorio y tamborileó los dedos, adornados con un anillo, sobre la superficie. Un, dos, tres... El ritmo era tan metódico que nadie en la sala se atrevía a respirar.
Tras un momento, respondió con un tono glacial:
—Perdonar al enemigo es ser cruel con uno mismo.
Dicho esto, levantó sus ojos almendrados y se encontró con la mirada inquieta de Fiona. Al ver que ella no respondía, añadió:
—La señorita Soto acaba de decir que la habilidad médica de la señorita Santana es de las mejores en Santa Matilde. Incluso si mis hombres lo hieren, con el talento de la señorita Santana, seguro podrá traerlo de vuelta del más allá.
Thiago, al ver la calma de Samuel, quiso decir algo, pero se contuvo. A este paso, no importaría si fuera Fiona o el mismísimo Hipócrates; nadie podría salvarlo...



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