La verdad quedó expuesta.
Yamil, al verse descubierto, intentó escabullirse, pero el hombre a su lado lo sujetó con firmeza por el cuello de la camisa. Los que lo habían traído ya se habían esfumado.
—Hijo, ¿por qué te arriesgaste a comer mariscos de esa manera? —incluso la anciana, que hasta hacía un momento se mostraba tan desafiante, lo miraba ahora con total desconcierto.
—Yo... yo... —balbuceó Yamil, incapaz de articular una frase coherente.
—¿Quién te mandó a hacer esto? —preguntó Samuel con el ceño fruncido, sin soltarlo. Su voz era un témpano de hielo—. Te lo pregunto por última vez, ¿quién te dio la orden?
La frialdad en la mirada de Samuel se intensificó y la tensión en el ambiente se hizo casi palpable. Fiona lo observó. Nunca lo había visto con una expresión tan intimidante. Era evidente que estaba furioso.
Ella también adoptó un semblante serio y se dirigió a Yamil.
—Esto no solo daña la reputación de mi negocio, sino que pone en duda nuestra ética profesional. Si me dices la verdad, puedo ser comprensiva y no tomar acciones legales. De lo contrario, tendré que llamar a la policía.
—Nadie me mandó —insistió Yamil, rotundo—. Si quieres llamar a la policía, llámala.
Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Samuel.
—¿Así que prefieres las malas?
En ese momento, Abraham, que ya había dejado a la niña en la escuela, llegó a la clínica. Se acercó a Samuel y le habló en voz baja.
—Señor Flores.
Samuel levantó la vista.


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