Ella era la mujer con la que estaba a punto de casarse.
Protegerla era su deber, y que ella hubiera tenido que ensuciarse las manos con este asunto ya lo hacía sentir que había fallado en su responsabilidad.
—Lo sé, confío en ti.
Y eso era cierto. Fiona nunca había dudado de él.
Siempre había confiado en él plenamente.
Después de que la policía se llevó a Azucena, investigaron todo su historial. Descubrieron que no solo enfrentaba cargos por falsificación de contratos, sino que tenía un largo historial de deudas impagas, al punto de estar en la lista negra de los bancos.
Se había convertido en una morosa empedernida, exactamente igual que José Santana.
Al parecer, toda la familia terminaría reunida tras las rejas, una ironía que a Fiona le pareció tan absurda que casi le daba risa.
En los días siguientes, Samuel llevó a todo un equipo de diseñadores para que Fiona eligiera su vestido de novia.
Tras tomarle las medidas, le presentaron un sinfín de opciones. Fiona estaba tan abrumada que no sabía por dónde empezar.
Pero Samuel insistió:
—Es el vestido que usarás el día de nuestra boda. Tienes que elegir con calma y encontrar el perfecto.
Una vez que hizo su elección, el diseñador se lo entregó para que se lo probara.
Cuando salió, Samuel, que estaba hojeando una revista en el sofá, se quedó sin aliento. No podía apartar los ojos de ella.
—Estás hermosísima.
Fiona había elegido un vestido de novia de estilo moderno, con un diseño asimétrico en el escote que destellaba bajo la luz de las lámparas de cristal, haciéndola brillar como una estrella.
—¿De verdad?
Llevaba puesto un collar de diamantes que él había preparado especialmente para la ocasión. El brillo de las joyas y el vestido la hacían lucir radiante.
Samuel la abrazó por su delgada cintura desde atrás. Su cálido aliento acariciaba el cuello de Fiona mientras le susurraba con una ternura infinita:
—¿Cuándo te he mentido?
Jamás lo había hecho. Siempre era brutalmente honesto.

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