Pero por más que intentaba hacer memoria, no lograba recordarlo.
No fue hasta que llamó a Israel para revisar las cintas juntos que este lo reconoció casi al instante: —¿Ese no es Aquiles?
—¿Aquiles? ¿Y quién rayos es Aquiles? —preguntó Samuel, confundido.
Nunca antes había escuchado ese nombre y el rostro de ese sujeto no le traía ningún recuerdo.
Israel, por el contrario, tenía muy presente quién era: —Claro que no lo ubicas. Fui yo quien lo seleccionó personalmente cuando estábamos reclutando guardaespaldas para ti. Pero como nunca logró ganarse tu total confianza como lo hizo Lucas, lo apartamos. Jamás imaginé que sería capaz de cometer semejante estupidez.
Ni por asomo se le cruzó por la mente que alguien a quien él mismo había evaluado se atreviera a arriesgar su cuello y entrar a desconectar el oxígeno de Fiona.
¿Por qué demonios haría algo así?
Israel le daba vueltas al asunto, pero no encontraba ninguna explicación lógica.
—Si tuvo el atrevimiento de entrar al Hospital Municipal para asfixiar a Fiona, me importa un carajo quién sea. A partir de hoy, ese tipo es enemigo mortal de Samuel Flores.
Tras una pausa, Samuel sentenció: —Israel, quiero que vayas, lo ates como a un animal y me lo traigas aquí. Lo voy a interrogar personalmente.
En ese momento, Israel comprendió que la furia de Samuel era absoluta y devastadora.
Samuel casi nunca se rebajaba a ordenar secuestros, de hecho, con su poder rara vez le hacía falta.
Israel simplemente hizo una llamada pidiéndole a Aquiles que se presentara. El ingenuo guardaespaldas llegó sin sospechar nada al salón VIP del último piso del club privado.
Ese piso era silencioso, amplio y, lo más importante, garantizaba una total y absoluta privacidad.
Pero sus mentiras fueron silenciadas de golpe cuando Israel le hundió otro golpe salvaje en el estómago: —¡¿Todavía lo niegas, maldito?! ¡Las cámaras de seguridad del hospital lo grabaron todo y tienes el cinismo de pararte aquí a mentirnos!
—¡Habla de una vez! ¡¿Quién te pagó para hacerlo?!
Esa ráfaga de preguntas dejó a Aquiles mental y físicamente acorralado, pero se mantuvo firme en su mentira: —Nadie me pagó... fue decisión mía... yo quise hacerlo...
En un abrir y cerrar de ojos, Samuel ya se había levantado del sofá y le propinó una patada brutal justo en la entrepierna: —¡¿Me ves cara de estúpido?!
—¡¿Vas a hablar o no?! ¡Si no hablas, te corto las bolas ahora mismo!
Aquiles pensaba seguir resistiendo, pero al escuchar que le iban a destruir su hombría, el pánico lo quebró. Ya no sabía ni cómo coordinar sus palabras: —¡Está bien! ¡Hablaré, hablaré!
—Fue el señor Luján. Andrés Luján me mandó a hacerlo. Me dijo que Fiona era la culpable de todas sus desgracias, y que si ella se moría, todos los problemas se acabarían. A mí me sonó lógico, así que... decidí tomar el riesgo.

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