Este gesto provocó que todos en la mesa fijaran inmediatamente su atención en Benjamín y Yolanda.
Definitivamente había algo entre esos dos, ¿verdad?
La tensión era demasiado evidente.
Todos lo pensaron, pero nadie se atrevió a decir una sola palabra.
—¿A quién le importa tu saco? —Yolanda tenía toda su atención puesta en Samuel, ignorando por completo la advertencia del hombre—. Ya se me quitó el frío.
Mientras tanto, Fiona, que ya se había alejado, no dejaba de darle vueltas al asunto. Si la memoria no le fallaba, era la primera vez que Yolanda veía a Samuel en su vida.
Y, además, ¡la muy descarada tenía pareja!
¿Cómo se atrevía Yolanda a coquetear descaradamente frente a su propio amante, intentando competir con la novia el día de su boda?
Fiona miró el perfil perfecto de Samuel y resopló con frialdad.
—Quién iba a pensar que hasta el día de nuestra boda conseguirías admiradoras, eh.
No sabía si quejarse de lo guapo que era o asombrarse por la rapidez con la que Yolanda cambiaba de intereses amorosos.
—Son puras tonterías, ni siquiera vale la pena prestarles atención —respondió Samuel, restándole importancia—. A la única persona que me importa eres tú.
Las demás mujeres no existían para él.
Y mucho menos alguien como Yolanda, una amante que además tenía novio; le provocaba un profundo asco.
Sentía que mirarla siquiera un segundo le ensuciaba la vista.
Con esas palabras, el ligero mal humor de Fiona se desvaneció al instante.
Se dio la vuelta, sonriente, y continuó brindando a su lado.
El tiempo pasó volando. A medida que la celebración avanzaba, el banquete de bodas llegó a su recta final. Muchos invitados ya habían terminado de cenar y comenzaban a despedirse.
Como la novia, Fiona se quedó en la entrada junto a Samuel despidiendo a los asistentes. Las más de dos mil mesas quedaron vacías gradualmente, dejando el inmenso salón con un aire silencioso.
No fue hasta que el último invitado se marchó cuando Samuel finalmente sacó a Fiona del hotel.



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