Eran solo unos simples papeles, pero unían el resto de su vida a la de Samuel de manera definitiva.
Al verla paralizada mirando el acta de matrimonio, Samuel no pudo evitar preguntar:
—¿Qué pasa?
¿Había algún problema con los papeles?
Si no, ¿por qué los miraba con tanta intensidad?
—No es nada, es solo que me parece un sueño —los ojos de Fiona brillaron con una sonrisa cargada de dulzura—. Estos simples papeles nos atan para siempre. Jamás nos separaremos.
Lo curioso era que, aunque ya se había casado antes, en esta ocasión sentía una inmensa felicidad, en lugar del miedo y la incertidumbre que había experimentado la primera vez.
Quizá se debía a que ahora había elegido al hombre correcto.
Samuel no era Esteban; él la respetaba profundamente y jamás la trataría como lo había hecho el otro.
Al escuchar sus palabras, Samuel esbozó una sonrisa llena de adoración.
—Fiona, no tienes de qué preocuparte, ni tienes por qué sentir miedo. Te juro que nunca te defraudaré.
Las heridas que ella llevaba en el corazón eran demasiado profundas. Él tendría que coserlas con paciencia y llenarla de amor infinito hasta que sanaran por completo.
Quizá tomaría mucho tiempo, pero jamás se daría por vencido.
...
Al día siguiente por la tarde, en el Café del Parque.
Fiona llegó puntualmente a su cita, pidió un par de cafés y esperó tranquilamente la llegada de Inés.
El Café del Parque estaba situado en el piso sesenta y cinco, ofreciendo una vista panorámica espectacular de Santa Matilde. Justo cuando estaba distraída contemplando el paisaje urbano, un escándalo en la entrada la sacó de sus pensamientos.
—¿Puedes dejar de seguirme? —la voz de la mujer denotaba puro hartazgo—. Ya terminamos, te exijo que dejes de acosarme de una buena vez.


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