Fiona bajó la mirada instintivamente. Había llorado por Natalia, no por Esteban.
—No te preocupes por mí, vuelve al trabajo.
Le dio una palmada en el hombro y regresó a su escritorio. Thiago la observó, sintiendo que la Fiona de hoy era diferente. Una sombra de tristeza la envolvía, e incluso creyó ver dolor en sus ojos.
...
Durante el fin de semana, como Fiona tenía que trabajar, Ofelia se encargó de la niña. Cuando Fiona llegó a casa, encontró a Silvia jugando tranquilamente con unos bloques en el balcón. Se acercó a Ofelia, que estaba en el sofá, y le preguntó en voz baja:
—¿Lo conseguiste?
—Sí, mañana a las nueve de la mañana —respondió Ofelia—. Quería pedir la cita para las diez, pero ya estaba ocupada. Alguien más va a verla a esa hora.
—¿Alguien más? —preguntó Fiona, curiosa—. ¿De su familia?
Por lo que sabía, Natalia no se llevaba bien con la familia de su marido, así que dudaba que fueran ellos. Y su marido, desde luego, no tendría el valor de aparecer.
—Podría ser. O quizás un amigo —dijo Ofelia, pensativa—. ¿Crees que podría ser el padrino de la niña?
Fiona se quedó helada por un instante.
—¿Te refieres a Samuel?
—Sí. Me dijiste que él también la había visitado. Eso significa que se llevaban bien. Seguro que querrá despedirse de ella.
—No lo sé —respondió Fiona, negando con la cabeza.
—Si es él, quizás se encuentren mañana...


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