—Entonces vive por mí. Haz todo lo que siempre has querido, construye una vida plena y no dejes que ningún hombre vuelva a limitarte.
Fiona asintió.
—Lo haré.
En ese momento, una voz familiar se escuchó desde fuera.
—Silvia, ¿qué haces aquí?
Fiona se tensó. Era Samuel. El tiempo de visita había terminado. Se levantó y, tras una última mirada a Natalia, se fue. Antes de salir, se secó las lágrimas.
Afuera, la escena la sorprendió. Silvia lloraba sentada en una silla, mientras Samuel, arrodillado frente a ella, le secaba las lágrimas. A su lado, había una mujer que no conocía. Llevaba el pelo largo y ondulado, y un vestido negro que no lograba ocultar su esbelta figura. Tenía los labios finos, los ojos grandes y la nariz recta. Con un maquillaje delicado, parecía una muñeca de porcelana, una de esas princesas de caja de música. Era de una belleza etérea.
La mirada de Fiona se desvió hacia la mano de la mujer; llevaba un anillo de diamantes en el dedo anular. Era la primera vez, desde que Samuel había vuelto al país, que lo veía con una mujer. Y, además, casada. ¿Sería ella su amor imposible?
Al ver a Fiona, Samuel se levantó. Sus miradas se encontraron, pero no dijeron nada.
—Samu, ¿es alguien conocido? —la mujer se acercó a Samuel, tirando de su brazo con familiaridad. Su mirada hacia Fiona denotaba una ligera desconfianza.
—Es la madre adoptiva de Silvia, la señorita Fiona.
—Y ella es Daniela, la mejor amiga de Natalia.
Tras las presentaciones, Fiona le tendió la mano.
—Mucho gusto.
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