El Maserati blanco arrancó a toda velocidad, alejándose de la Casa de Bianca Morales. Andrés llevó a Fiona de regreso al hospital.
Apenas se detuvo el auto, ella se bajó y caminó hacia la entrada sin mirar atrás ni una sola vez.
Pero apenas cruzó las puertas, una voz la detuvo: —Cuñada, ¿por qué estabas con Andrés otra vez? ¿Samu lo sabe?
No era la primera vez que Israel la veía cerca de Andrés.
Si Samu se enteraba de que, estando él incapacitado en una cama, su esposa casi se va con su mayor rival, se volvería completamente loco.
Con la situación médica de Samu tan delicada, Israel no se atrevía a abrir la boca.
—Israel, es una historia muy larga y este pasillo no es seguro para hablar. Mejor entremos. —Fiona miró a su alrededor con cautela antes de jalarlo hacia adentro—. Hoy, justo en la puerta del hospital, me topé con Bianca Morales. Me drogó y me secuestró.
—Si Andrés no hubiera aparecido a tiempo, ni siquiera sé si estaría viva para contarlo.
En ese sentido, sentía una deuda inmensa con él. Sin su intervención, no habría escapado ilesa tan rápido, y él incluso se estaba encargando de neutralizar a sus enemigos.
Pero, por otro lado, Fiona sentía un profundo rechazo hacia él. No podía olvidar el frío metal del cuchillo que alguna vez le puso en la garganta, ni el día en que casi abusó de ella.
Ese pasado oscuro había levantado un muro impenetrable entre los dos, una brecha que jamás podría cruzarse.
Israel se quedó atónito. —¿De verdad? ¿Samu ya sabe algo de esto?
—Todavía no... —Fiona se mordió el labio—. Estoy pensando si debería decírselo o no.
Era un asunto grave. Si se lo ocultaba, corría el riesgo de que los malentendidos entre ellos se hicieran aún más grandes.

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