Fiona Santana se levantó deprisa, caminó hacia la puerta y, sin dudarlo, le echó el cerrojo.
Para estar más segura, cerró las puertas de cristal del balcón y corrió las cortinas hasta que no quedó ni un resquicio de luz.
Por fin podría dormir tranquila.
Después del ajetreo del día, el cuerpo le pesaba como si cargara plomo.
Justo en ese momento, el celular que había dejado sobre la mesa comenzó a sonar.
Vio el nombre de Esteban en la pantalla y se extrañó.
Seguramente esa noche se había quedado en la Villa San Telmo, porque el dormitorio de al lado permanecía en completo silencio.
Mejor así. Al despertar, no tendría que preocuparse por encontrárselo.
El teléfono siguió sonando, pero no tenía la menor intención de contestar.
Después de dos intentos, la llamada por fin se detuvo.
Fiona cerró los ojos despacio y se entregó al sueño.
…
Cuando despertó al día siguiente, ya eran las siete de la mañana. Acababa de terminar de arreglarse cuando escuchó que tocaban a la puerta.
Al abrir, se encontró con Abraham Reyes.
—Señorita Santana —le dijo en voz baja—, el señor Flores me pidió que la llevara a la clínica. ¿Está lista para salir?
A esa hora, ni siquiera la empleada doméstica se había levantado. Era el momento perfecto para irse sin que nadie la viera.
—Sí, claro.
Fiona asintió con un leve gesto y lo siguió escaleras abajo.
Una vez en el carro, miró con curiosidad hacia el asiento del conductor.
—¿No vamos a esperar al señor Flores?
—El señor Flores no saldrá de la villa esta mañana. Me pidió que volviera por él al mediodía.
Apenas terminó de hablar, Abraham arrancó el motor.
—De acuerdo —respondió Fiona, pensativa.
El viaje transcurrió casi en silencio. Al llegar a la clínica, Abraham la dejó y se fue.
Fiona acababa de entrar cuando vio a Thiago Guzmán de pie junto al mostrador.
Aunque ella y Samuel Flores no habían llegado hasta el final, la noche anterior había sido bastante intensa.
Era inevitable que quedaran algunas marcas.
—Señorita Santana, debería ir a verse.
Bianca señaló en dirección al baño.
Fiona se levantó de golpe y caminó a paso rápido hacia allá.
Ni siquiera cerró la puerta; se acercó directo al espejo.
Cuando vio las varias marcas de besos en su cuello, se quedó paralizada.
Desde que se levantó, solo había visto a tres personas.
Era obvio que Abraham ya sabía lo que había pasado la noche anterior, así que no le sorprendería verle marcas en el cuello.
Y en cuanto a Thiago, ella había girado la cabeza para mirarlo, no lo había enfrentado, por lo que él tampoco debería haberlas visto.
Esas marcas solo eran visibles cuando alguien se sentaba frente a ella.
Justo en ese momento, una figura apareció en el espejo y cerró la puerta del baño.

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