Ambos se giraron al oír la voz.
Cuando Fiona vio al hombre que se acercaba con elegancia, un destello de sorpresa cruzó sus ojos.
Era Samuel.
Vestido con un traje negro, se acercó con paso ligero, su rostro impasible como siempre.
Se detuvo frente a Esteban y le apartó la mano del cuello de Fiona.
Ella sintió que podía respirar de nuevo.
—Tío, ¿qué acabas de decir? —la voz de Esteban estaba cargada de asombro—. ¿El Porsche se lo regalaste tú?
—No interrumpas a la señorita Santana mientras prepara el remedio. Sal conmigo.
Samuel miró a Esteban y luego se dirigió a la sala de descanso.
Esteban miró a Fiona con incredulidad y luego al hombre que se alejaba, con el rostro ensombrecido.
Fiona recogió el cucharón del suelo y, como si nada, se dirigió al fregadero para lavarlo.
…
Mientras tanto, en la sala de descanso.
Cuando Esteban abrió la puerta y entró, Samuel ya estaba sentado en un sillón, sirviéndose té.
Esteban se sentó frente a él. —¿Qué está pasando, tío? ¿Por qué le regalaste un carro?
—Para ser exactos, se lo di para que le sea más fácil llevar y traer a la niña de la escuela. No hay otra intención.
—¿Llevar y traer a la niña? —Esteban no entendía—. ¿Te refieres a Silvia?
—Sí —respondió el hombre con un tono gélido.
Su mano, apoyada en el brazo del sillón, jugueteaba con la taza de té.
—Pero no tenías por qué regalarle un carro tan caro. Si esto se sabe, la gente podría malinterpretarlo. Pensarían que mi tío y mi esposa…

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera