La voz de la empleada interrumpió los pensamientos de Esteban.
—Ve tú primero. Subiré a ver al niño en un rato.
Samuel tomó la taza de té y se la bebió de un trago.
Esteban asintió sin decir más y se fue.
…
Mientras tanto, al final del pasillo del primer piso.
Fiona miraba la tormenta que caía afuera, con el corazón encogido.
Había intentado darle la medicina a Pedro, pero el niño no quiso tomarla y hasta rompió el tazón.
Aunque ya no esperaba nada de ellos, la forma en que su hijo la trataba le dolía.
No quería quedarse en esa casa ni un minuto más. Pensaba volver a la Residencial San Jerónimo en cuanto parara de llover.
—¿Estás triste?
En ese momento, una voz grave sonó a sus espaldas.
Fiona se giró y vio a Samuel, que se había acercado sin que se diera cuenta.
No respondió, sino que preguntó:
—Señor Flores, ¿qué hace usted aquí hoy?
—El abuelo se enteró de que Pedro no estaba bien y se preocupó, así que me pidió que viniera a ver.
Fiona asintió pensativa y volvió a mirar por la ventana, sin decir nada.
—Desde que se enteró, ¿te ha estado haciendo la vida imposible?
La voz de Samuel volvió a sonar en sus oídos.
Fiona se giró para mirarlo, sus pestañas temblaban.
Tras un momento de vacilación, respondió con calma:
—Después de lo que pasó, es normal que me lo ponga difícil. A ningún hombre le gustaría que su esposa…
Las palabras se le atascaron en la garganta.


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