Vaya.
Fiona soltó una risa seca.
—Conociéndote, aunque hubieras sabido que era mi dote, si Bianca la hubiera querido, le habrías dado no solo eso, sino hasta nuestra argolla de matrimonio, ¿o no?
El hombre seguía sin decir una palabra.
—No tengo tiempo que perder contigo. Te pido, señor Flores, que te vayas de una vez y no me impidas atender a mis pacientes —dijo Fiona, señalando la puerta para echarlo.
Esteban apretó la mandíbula con fuerza, pero al final, se fue.
Fiona se quedó en la sala de descanso, necesitando un buen rato para calmarse.
Ese día tuvo muchos pacientes, un ir y venir que la dejó agotada.
Cerca del atardecer, Ofelia, después de recoger a Silvia, fue directamente a la clínica con el objeto de jade de Samuel.
—Pensaba dártelo en casa, pero me pareció algo muy valioso y preferí traértelo aquí.
Ya en la sala de descanso, Fiona abrió la caja. Dentro había un dije de jade, con una grieta justo en el centro. Probablemente se había caído y roto. También le faltaba un trozo, por lo que para repararlo necesitaría encontrar un jade idéntico.
El material era de muy alta calidad, del mismo tipo de jade antiguo que su propia horquilla. Un material casi imposible de encontrar en el mercado.
De repente, la imagen de su colega, Orlando Ramos, apareció en su mente. Seguramente él tendría algo...
—¿Y bien? ¿Es muy difícil? —preguntó Ofelia con curiosidad, acercándose para examinarlo.
—La verdad es que no es fácil, pero hay una solución. Tendré que salir de Santa Matilde por un tiempo. Este tipo de jade es difícil de encontrar, necesito pedírselo a mi colega...
—Eres especialmente metiche —respondió Thiago sin rodeos, con una sonrisa despreocupada.
Ofelia le lanzó una mirada fulminante.
—Tú no solo eres metiche, sino también un chismoso de primera. Todo tienes que venir a curiosear. ¿Qué pasaría si la próxima vez Fiona se está cambiando en la sala de descanso...?
—¡Yo no tengo esos gustos, no me calumnies! —la interrumpió Thiago de inmediato.
—Basta ya —dijo Fiona con seriedad—. Thiago, mañana tendré que salir de la ciudad. Probablemente regrese en dos días. ¿Crees que puedas encargarte solo de la clínica?
—¡Por supuesto! —Al hablar de trabajo, Thiago se puso serio—. Un hombre no puede decir que no puede.
—¡Ay, por favor! —se burló Ofelia—. Tú a lo mucho eres un niño bonito, ¿qué vas a ser un hombre? Un hombre de verdad es alguien como Samuel.

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