—Aunque admito que el señor Flores tiene un gran atractivo, no somos del mismo tipo, ¿entiendes?
—Es que ustedes ni siquiera se pueden comparar.
...
Fiona, escuchando su intercambio, no pudo evitar sentir ganas de reír.
En ese momento, su celular sonó. Bajó la vista y, al ver el nombre en la pantalla, se quedó helada.
Samuel.
En letras grandes y claras. Vaya, hablando del rey de Roma...
Fiona contestó y la voz de Samuel resonó al otro lado:
—Sal un momento.
Antes de que pudiera responder, colgó.
Le encargó a Ofelia que cuidara de la niña y salió.
El Maybach de Samuel estaba estacionado a un lado de la calle, frente a la clínica, con las luces intermitentes encendidas.
Cuando Fiona se acercó, la puerta de su lado se abrió desde adentro. Al instante, el atractivo rostro del hombre apareció ante sus ojos.
Subió y cerró la puerta. Se giró hacia Samuel y preguntó:
—Señor Flores, ¿necesitaba algo?
—Los postres que les compré la otra vez ya se deben haber acabado, ¿no? —Samuel le entregó una caja—. Hoy sacaron un sabor nuevo, llévaselo a la niña para que lo pruebe.
Las pestañas de Fiona temblaron ligeramente. Era la primera vez que experimentaba de forma tan directa la consideración de ese hombre. Quien tuviera la suerte de ser su esposa o su hija en el futuro, seguramente sería muy feliz.
La idea surgió en su mente y sacudió la cabeza para desecharla.
El hombre frunció el ceño.
—¿Por qué niegas con la cabeza? ¿Es que no lo quieres?
Sus pensamientos fueron interrumpidos y Fiona volvió en sí rápidamente.
—No, no quise decir eso.
Samuel colocó la bolsa sobre su regazo y dijo en voz baja:
Fiona sabía que eso era imposible. Al menos, por ahora.
—Señor Flores, mañana tengo algo muy importante que hacer y debo salir muy temprano. Ahora tengo que llevar a Silvia a casa —dijo Fiona, tomando instintivamente la caja de postres—. Usted también debería irse a casa.
La mano del hombre, que reposaba en su cintura, se deslizó y, en un movimiento rápido, le sujetó la muñeca.
Fiona se giró y sus ojos se encontraron con los profundos de él.
—¿Qué tienes que hacer? —preguntó él con voz grave.
Fiona se quedó helada por un segundo y luego respondió en voz baja:
—Tengo que ir a Villa del Mar.
—¿A qué vas a Villa del Mar? —Samuel frunció el ceño, sus ojos llenos de confusión.
Fiona respondió sin rodeos:
—A buscar a alguien para un asunto importante.
Samuel asintió y la soltó sin decir más.

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