—¿No lo sabes? Hoy hay cena familiar. Esteban ha venido a buscarme al rodaje para que cenemos todos juntos —dijo Bianca con un toque de orgullo en la voz.
Fiona fijó la mirada en ella y notó un brillo desafiante en sus ojos.
—Aún no te has casado con él y ya estás metida en la casa cada dos por tres. Cualquiera que no te conociera pensaría que ya eres la esposa de Esteban.
El tono gélido de Fiona hizo que Bianca frunciera el ceño.
—Señorita Santana, ¿por qué habla de esa manera? —el rostro de Bianca adoptó una expresión frágil y vulnerable. Miró a Esteban como si buscara su protección.
Fiona sintió una oleada de náuseas al ver su actuación.
—Por muy impaciente que estés, al menos podrías esperar a que me divorcie, ¿no crees? —dijo sin rodeos—. La paciencia es una virtud, ¿o es que la señorita Morales no conoce ese dicho?
Bianca se llevó una mano a los ojos, fingiendo secarse unas lágrimas que no existían. La escena conmovió a Esteban, que no tardó en intervenir.
—¡Si vas a hablar, hazlo con respeto! ¡Y si no, mejor cierra la boca!
—¿Acaso no estoy diciendo la verdad? —replicó Fiona con calma—. Ni siquiera nos hemos divorciado y ya la traes a la casa constantemente. Solo te lo advertía para que no den que hablar. Si no aprecias el consejo, olvídalo.
Tras decir esto, se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada. Pero Esteban, implacable, la siguió. Al segundo siguiente, la sujetó por la muñeca.
—Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Te ha invitado papá? —una voz infantil interrumpió la tensión.
Fiona levantó la vista y vio a Pedro corriendo hacia ellos. El niño apartó la mano de Esteban y la miró con recelo. Se suponía que su madre no vendría hoy, así él podría cenar a solas con Bianca. Hacía mucho que no cenaban juntos, y ese día su padre le había comprado un pastelito para compartir con ella después de la cena. La repentina aparición de su madre había arruinado sus planes.
—No he venido a cenar. He venido a hacerle un chequeo a tu bisabuelo.
Al mirar el rostro del niño, Fiona vio un fugaz destello de alegría. Antes, esa expresión la habría destrozado, pero ahora, no sintió nada.
Sin esperar respuesta, cogió su maletín y subió las escaleras a toda prisa.

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