El semblante de Fiona se ensombreció. Si se tratara de cualquier otro asunto, se habría negado en rotundo. Pero esto concernía la salud de un anciano, y como doctora, no podía darle la espalda.
—¿Están en casa ahora? ¿Qué tan lejos está de aquí? —preguntó, levantando la vista para mirarlo.
—No muy lejos, a solo unos kilómetros —respondió Esteban—. ¿Podrías ir ahora?
—Sí, vamos a ver qué tiene. Esta misma noche le prepararé un plan de tratamiento.
—Perfecto —dijo Esteban, dirigiéndose a la puerta—. Recoge tus cosas, te espero fuera. Vamos en mi carro y luego te traigo de vuelta.
—De acuerdo.
Aprovechando que no había más pacientes, era el momento ideal para ir. Más tarde, sería imposible. Tras guardar todo en su maletín, Fiona subió al carro de Esteban y se dirigieron a la casa del anciano.
Al conocer al amigo de Esteban, Fiona se dio cuenta de que ya lo había visto antes, probablemente en alguna fiesta.
—Fiona, te presento al señor Arroyo —dijo Esteban—. Es su padre el que no se encuentra bien.
El hombre le tendió la mano, y Fiona correspondió el saludo.
—Mucho gusto.
Tras las presentaciones, la llevaron a la habitación del anciano. Todos esperaron en silencio mientras ella lo examinaba.


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