Cuando sonreía, se veía realmente hermosa…
Alrededor de las nueve, salieron de la mansión de la familia Arroyo. Esteban la llevó a casa en su carro. Fiona miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos. Esa noche, probablemente, había sido la más tranquila que habían pasado juntos desde que decidieron divorciarse.
—Gracias por acompañarme esta noche.
La voz grave de Esteban la sacó de su ensimismamiento. Se giró y se encontró con su mirada intensa. Tras un momento, una sonrisa fría se dibujó en sus labios.
—No lo hice por ti. Salvar vidas es el deber de un médico. No tiene nada que ver contigo.
Su voz era cortante, su rostro, una máscara de indiferencia. La mano de Esteban, que sujetaba el volante, se tensó.
—Fiona, ¿tienes que ser siempre tan desagradable? ¿No puedes simplemente responderme con amabilidad cuando te hablo bien? —dijo él, molesto.
—No tenemos nada de qué hablar —replicó ella, mirando al frente—. Si no fuera por la salud de ese anciano, no habría venido contigo.
Esteban contuvo su ira. El semáforo se puso en verde y tuvo que concentrarse en la conducción.
Al llegar a su casa, Fiona abrió la puerta para bajar, pero se detuvo y se giró hacia él.



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