Siempre llevaba a Bianca a las cenas familiares y, delante de todos, le servía comida, ya fuera a propósito o por descuido. ¿Y todavía tenía el descaro de hablar de clase?
Fiona se dio la vuelta y se marchó, mientras a su espalda escuchaba los insultos de Esteban.
—¡Fiona, cada día eres más atrevida…!
Actuó como si no lo hubiera oído y entró rápidamente en la clínica.
Al llegar a casa, después de bañar a la niña, subió al ático para seguir con la restauración del dije de Samuel. Hacía varios días que no le enviaba ni un solo mensaje, y aunque Fiona agradecía la tranquilidad, no podía evitar sentir un vacío, como si algo le faltara.
—¡Fiona, Fiona…!
Una voz la sacó de sus pensamientos. Ofelia entró en el ático, con una expresión de pánico.
—¿Qué pasa? ¿Por qué vienes tan alterada? —preguntó Fiona con una sonrisa, mirándola fijamente.
—¿Quién es esa mujer? ¿Por qué Samuel la llevaría a ver joyas? —Ofelia le mostró su celular, desconcertada.
Fiona bajó la vista y, al ver la foto en la pantalla, sus pestañas temblaron. En la imagen, Samuel y Daniela estaban en una joyería de alta gama, ambos sonriendo mientras miraban unas joyas. Parecían una pareja a punto de casarse, eligiendo sus anillos de boda. Una escena idílica, casi dolorosa de ver.
—Samuel no tenía novia, ¿verdad? Entonces, ¿quién es ella? —preguntó Ofelia, que no sabía de la existencia de Daniela.



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