Fiona tragó saliva. En realidad, no había ninguna diferencia.
—Entonces, ¿quién es esa mujer? ¿Y qué relación tiene con Samuel? —insistió Ofelia, frunciendo el ceño.
—La primera vez que la vi, me la presentó como una amiga. Pero si es verdad o no, ya no lo sé… —respondió Fiona, su rostro ensombrecido.
—¿Amigos? ¡Por favor! No sé si a Samuel le gusta ella, ¡pero esa mujer lo mira como si se lo quisiera comer! ¡Está claro que le interesa! —exclamó Ofelia.
Fiona sonrió con amargura, sin decir nada.
—Fiona, si de verdad está tonteando con otra, no seas tonta —le advirtió Ofelia—. Ya tropezaste una vez, no vuelvas a caer en la misma piedra, ¡y menos con dos hombres de la misma familia!
Pero ella sentía que no podía ser… Samuel era diferente de Esteban.
—Está bien, lo sé —dijo, cambiando de tema—. Es tarde, descansa.
—Tú también duerme un poco.
Cuando Ofelia se fue, Fiona intentó seguir con la restauración del dije. Cogió el celular, tentada de enviarle un mensaje a Samuel. Quería preguntarle qué estaba haciendo, por qué había ido a la joyería con Daniela, qué habían comprado. Escribió varias veces, pero siempre terminaba borrando el mensaje. Finalmente, dejó el celular a un lado, obligándose a calmarse.
—¿No querías la invitación? —preguntó ella, confundida.
—¿Eres tonta o te lo haces?
Esteban le arrebató la invitación y le tomó la mano, colocándola en su brazo. ¿Quería que lo acompañara del brazo? Fiona intentó soltarse, pero él la sujetó con fuerza.
—Aún no estamos divorciados. En eventos como este, es tu deber acompañarme y fingir —se inclinó hacia ella—. ¿Entendido, querida esposa?
Esposa. La palabra la hizo estremecerse. Hubo un tiempo en que ese título la llenaba de alegría y esperanza…

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