Fiona se acercó rápidamente al carro y, como primer instinto, subió la ventanilla. El separador entre el conductor y los asientos traseros también se elevó, aislándolos.
—¿Estás loco? ¿Hacerme subir a tu carro en la entrada principal, con las ventanillas bajadas? Cualquiera podría habernos visto…
—¿Y qué si nos ven? ¿Tanto miedo te da que se entere de que entre tú y yo… tenemos algo que ver? —la mano de Samuel se posó en su cintura, atrayéndola hacia él.
La espalda de Fiona se tensó. Estaba claro que había escuchado su conversación con Esteban. La frase "algo que ver" era exactamente lo que él había dicho. Aunque el separador estaba subido, el silencio en el carro era total; seguro que el conductor podía oírlo todo. A pesar de que Abraham ya conocía su relación, la situación la avergonzaba.
Apoyó las manos en el pecho de Samuel, intentando crear distancia. Pero él la sujetó por las muñecas, acercándola aún más.
—¿De qué te escondes, eh? —su voz era una amenaza susurrada.
—Señor Flores, ha bebido. Será mejor que descanse. Pídale a Abraham que me deje en la próxima esquina, yo tomaré un taxi.
—Ya que sabes que he bebido, ¿no piensas quedarte a cuidarme? ¿Y si me caigo o me golpeo al llegar a casa? ¿No te preocuparía? —su voz se volvió ronca, casi seductora.
—Señor Flores, usted…
—Quédate a cuidarme esta noche —la interrumpió, su tono más una orden que una petición.
Estuvo a punto de ceder, pero el recuerdo de los días que había pasado sin contactarla avivó su resentimiento.

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