Las palabras de Orlando resonaron en el corazón de Fiona con la fuerza de una verdad amarga.
—Fiona —la llamó él de nuevo.
—¿Qué pasa?
—Si puedes, la próxima vez, cásate con alguien sencillo. Una familia sencilla, una vida sencilla…
Fiona tragó saliva. Por desgracia, los hombres de los que se enamoraba eran de todo menos sencillos. Y aunque aún no estaba segura de si lo que sentía por Samuel era amor, al menos no sentía rechazo. Los hombres de su vida, además de complicados, pertenecían a la misma familia. Si Orlando se enterara, se llevaría una gran decepción.
Estaba a punto de responder cuando él le acarició la cabeza.
—Eres como mi única hermana pequeña. No quiero volver a verte sufrir por amor.
Hermana pequeña. Hacía mucho que no la llamaba así. El apelativo la transportó a tiempos pasados, y una punzada de nostalgia le oprimió el pecho.
—De acuerdo —se levantó bruscamente—. Es tarde, Orlando, descansa. Tu habitación está al lado de la mía. Te acompaño.
—Vale.
El hombre bajó la mano que había quedado suspendida en el aire.
—¿Qué quieres?
—¿Quién era ese hombre? —la frialdad en la voz de Esteban era cortante. Señaló la dirección por la que se había ido el Porsche.
Fiona supo que se refería a Orlando. Nunca se habían conocido. Orlando se había ido a Villa del Mar antes de que ella se casara, y como se oponía a su matrimonio, no había asistido a la boda.
Al ver que no respondía, Esteban la agarró del brazo.
—Te estoy preguntando quién era ese hombre. ¿Qué relación tienes con él?

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