—¿Tú qué haces aquí? —Fiona Santana frunció el ceño y lo miró de reojo—. ¿Vienes a traerme los papeles del divorcio?
—Los papeles todavía no están listos. Ya te los mandaré con alguien otro día.
Esteban se detuvo justo detrás de ella, observándola con una mirada intensa.
Fiona lo fulminó con la mirada y se dio la vuelta para seguir guardando el instrumental médico.
—Solo te pedí una casa en la Residencial San Jerónimo, ¿tan difícil es?
El hombre no respondió. En cambio, extendió la mano de repente y tocó la tela de su espalda.
Ella ya se había quitado la bata blanca y llevaba puesto un traje sastre negro.
En cuanto las yemas de sus dedos rozaron la piel de su espalda, ella se giró por puro instinto para encararlo.
Lo miró con evidente desconfianza.
—¿Qué estás haciendo?
Él bajó la vista por reflejo, observando en silencio sus facciones, pero sin decir una palabra.
No se le escapó la cautela y la confusión en su mirada.
Esos ojos suyos eran demasiado firmes. Ni siquiera cuando estuvo a punto de morir a golpes se quejó con él.
—Mandé a investigar lo que pasó en la cárcel. —Esteban apoyó una mano en la camilla de exploración que estaba detrás de ella y bajó la voz—. Sufriste mucho ahí dentro, ¿por qué no dijiste nada? ¿Por qué siempre te lo guardaste todo?
Al escuchar eso, Fiona no pudo evitar fruncir el ceño.
«Seguro quiere ver la cicatriz de mi espalda», pensó.
Efectivamente, tenía una cicatriz de quemadura en la espalda. No era pequeña y, hasta ahora, el único que la había visto era Samuel Flores…
—Quiero verlo con mis propios ojos. Déjame ver.
Esteban le puso una mano en la cintura, intentando darle la vuelta.


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