Al escuchar el ruido a sus espaldas, Esteban se giró por instinto.
Cuando vio al hombre que acababa de entrar, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Tío? ¿Qué haces aquí?
Samuel se acercó a grandes zancadas, apartó a Esteban de un tirón y lo miró con una frialdad glacial.
—¿Te atreves a hacerle esto con la puerta abierta? ¿Acaso perdiste la cabeza?
Fiona se levantó rápidamente de la camilla, con los ojos enrojecidos, y miró a los dos hombres.
Por alguna razón, en el instante en que vio a Samuel, una inexplicable sensación de agravio la invadió y tardó mucho en disiparse.
Esteban intentó explicarse.
—No iba a hacerle nada…
—Lárgate de aquí. Ahora —le ordenó Samuel en voz baja, con una mirada cada vez más sombría.
Esteban se encontró con su mirada y, de repente, sin decir una palabra más, se fue de allí furioso.
Al llegar a la puerta, algo pareció ocurrírsele y se detuvo en seco.
«Al fin y al cabo, somos marido y mujer. ¿Qué importaría si hiciera algo? ¿Por qué tengo que darle explicaciones?».
Cuando se giró y vio que la mirada de Samuel seguía siendo gélida, prefirió no decir nada más.
*¡Portazo!*
Un fuerte portazo resonó desde la entrada de la clínica.
Samuel se acercó a la puerta del consultorio y también la cerró.
Al volverse, vio que Fiona ya le estaba dando la espalda, ocupada con sus instrumentos médicos.
—Tienes un temple de acero. Hace un segundo te estaba molestando tu exmarido y al siguiente ya estás como si nada, ordenando tus cosas.
El hombre se acercó, se sentó en la camilla y sacó un cigarro.
Lo encendió, le dio una calada y giró la cabeza para mirarla.


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