Fiona se dio la vuelta y siguió limpiando las ventosas.
Tras un largo silencio, respondió en voz baja:
—Fue en las duchas. Una de las reclusas me echó agua hirviendo. Como no me trataron la herida a tiempo, me quedó la cicatriz.
Aquella herida le dolió durante días y noches. Incluso le dio fiebre alta. La situación solo mejoró cuando Natalia Ríos le consiguió unos medicamentos.
—Debió de doler mucho, ¿verdad?
Samuel la miró, con los ojos llenos de compasión.
Fiona forzó una sonrisa.
—Ya pasó. Ni me acuerdo.
Su tono era extremadamente frío, pero el hombre a su lado pudo percibir una amarga resignación.
De repente, se levantó, se colocó detrás de ella y la abrazó suavemente.
La mano de Fiona, que estaba limpiando una ventosa, se detuvo en seco y su espalda se tensó por un instante.
Samuel se inclinó ligeramente.
A través de la delgada tela, le dio un beso sobre la cicatriz.
En ese instante, el corazón de Fiona volvió a latir con fuerza.
Lo que sentía en ese momento era tan complejo que no podía describirlo.
Por un segundo, incluso llegó a dudar si Samuel sentía de verdad algo por ella.
Pero al pensarlo mejor, la idea le pareció absurda.
Un hombre como él, en la cima de la pirámide social, que tenía todo lo que quería y vivía moviendo los hilos a su antojo, ¿cómo podría enamorarse de ella?
—Nunca más volverás a sufrir así.
Samuel se enderezó y, acercándose a su oído, se lo susurró con una ternura infinita.
Después de decirlo, le dio un beso cariñoso en el lóbulo de la oreja.
Fiona sintió como si una corriente eléctrica recorriera su cuerpo, y las piernas le temblaron.
Rápidamente se dio la vuelta y cambió de tema.
—¿Por qué viniste de repente?



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera