Antes, su mamá nunca lo sermoneaba de esa manera; y si lo hacía, era con mucha dulzura.
Pero en ese momento, su expresión era increíblemente seria.
Pedro recordó la ternura con la que ella miraba a Silvia y, de repente, sintió una profunda tristeza.
«¿Será que mi mamá de verdad ya no me quiere?».
Al pensar en eso, se le enrojecieron los ojos.
Fiona vio cómo se le aguaban los ojos y su voz se tornó aún más grave.
—No te estoy regañando, solo estoy tratando de enseñarte algo…
—¡Claro que me estás regañando! ¡A esa niña le hablas con cariño y a mí no haces más que sermonearme! Pero yo soy tu verdadero hijo. No entiendo por qué haces esto, ¿por qué siempre la defiendes a ella?
Fiona bajó la mirada y se encontró con la expresión de rabia de Pedro, sintiendo una punzada de dolor.
Ya ni siquiera distinguía entre un consejo y un regaño. Bianca había arruinado por completo a su hijo.
Una ola de resentimiento la invadió, una sensación amarga que tardó en disiparse.
Tras un largo silencio, respondió en voz baja:
—Si de verdad piensas así, entonces no tengo nada más que decir. De ahora en adelante, haz lo que quieras. Ya no me meteré en tus asuntos.
Sin esperar respuesta del niño, se dio la vuelta rápidamente y caminó hacia su carro.
Pedro observó la espalda de su madre alejarse, y las lágrimas brotaron con más fuerza.
Estaba tan alterado que sus pequeños hombros no dejaban de temblar.
Apretó con más fuerza las correas de la mochila.
Definitivamente, su mamá ya no lo quería.
¡Y todo por culpa de esa tal Silvia!
Desde que ella apareció, su mamá solo tenía ojos para ella. Ya no había lugar para él.
Las lágrimas nublaron su visión. No fue hasta que el Porsche se perdió de vista que se secó las lágrimas con la mano.

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