Al ver al hombre apresurarse a deslindarse, Fiona no supo si reír o llorar.
Samuel se abrochó rápidamente los botones de la camisa blanca y se levantó del sofá sin dudarlo.
—Quédate aquí, no salgas por ahora. Iré a verla.
En ese instante, los pasos de fuera se acercaron, dirigiéndose directamente hacia la sala de descanso.
Fiona, por instinto, extendió la mano y tiró del brazo del hombre.
—Samuel, ¿crees que viene para acá?
—Tranquila, no temas. Aquí estoy yo —la calmó él con dulzura, el rostro lleno de ternura.
Justo cuando el hombre se daba la vuelta, Fiona vio una ligera mancha de labial en el cuello de su camisa.
Era la marca que ella le había dejado sin querer durante su momento de intimidad.
Estuvo a punto de llamarlo, pero Samuel ya se había alejado, caminando con decisión hacia la puerta.
No le quedó más remedio que callar y recostarse en el sofá.
Al abrir la puerta, Samuel vio de inmediato a Daniela.
Llevaba un portaviandas en una mano y tenía la otra levantada, como si estuviera a punto de tocar.
Samuel la miró con indiferencia.
—¿Qué haces aquí?
Daniela lo examinó de arriba abajo y notó al instante la marca de labial en su cuello.
Un ligero aroma a hierbas medicinales emanaba de él.
Reconoció el olor de inmediato; era el que se te impregnaba después de pasar mucho tiempo en una clínica.
«¿Estará Fiona adentro?».
En el momento en que esa idea cruzó su mente, sus pupilas se dilataron por la sorpresa.
Intentó mirar hacia el interior, pero el hombre cerró la puerta suavemente.
A Daniela no le quedó más opción que moverse y caminar hacia el escritorio, donde dejó el recipiente con la comida.


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