Al ver la indiferencia en los ojos del hombre, Daniela se sintió un poco desconcertada.
Reprimió su ira y dijo sin rodeos:
—Samu, ¿cuándo nos volvimos tan distantes?
Samuel sacó un encendedor y prendió el cigarro que sostenía entre sus labios.
Después de soltar una bocanada de humo, dijo con despreocupación:
—Daniela, todo tiene un límite, sobre todo en los asuntos del corazón. No me gusta que la gente se meta en mi vida privada. Supongo que eso ya lo sabes…
—¡Te haré una última pregunta! —exclamó Daniela, levantando la voz.
Una expresión gélida asomó en los ojos almendrados de Samuel.
Cuando sus miradas se encontraron, él vio en los ojos de ella un rastro de tristeza.
Después de pensarlo un momento, finalmente cedió.
—Pregunta.
—La mujer que está contigo, ¿es Fiona?
La mirada de Daniela estaba fija en el rostro de él, buscando cualquier indicio, cualquier pista.
Pero, para su decepción, el hombre frente a ella ni siquiera parpadeó, lo que le impidió descifrar nada.
Samuel sacudió la ceniza del cigarro, cruzó las piernas y respondió con un tono ligeramente displicente:
—¿Y si lo es? ¿Y si no lo es? No parece que tenga mucha relación contigo, ¿o sí?
Al oír sus palabras, Daniela apretó los puños a ambos lados de su cuerpo, llena de rabia.
Samuel nunca le había ocultado algo hasta este punto.
No lo negó, pero tampoco lo admitió.
La dejó en un limbo, sin poder estar segura de si realmente tenían ese tipo de relación.
—Crecimos juntos, nuestra relación siempre ha sido buena, es verdad, pero te dije hace mucho tiempo que no me gustas…
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