Fiona se giró al sentir el tirón y su mirada se clavó en la mano con la que Daniela la sujetaba.
—¡Suéltame!
Su voz era oscura y profunda.
—Voy a investigar este asunto a fondo. Si descubro que la mujer que está con él eres tú, te juro que no te la vas a acabar.
Daniela no solo no la soltó, sino que apretó con más fuerza su brazo.
Fiona se deshizo de su agarre con un movimiento brusco, su rostro terriblemente frío.
—Te dije que no tengo tiempo para perderlo en estas cosas. Si tan aburrida estás, ¡búscate algo que hacer!
Fiona le lanzó una mirada fulminante y luego caminó rápidamente hacia la clínica.
Daniela la vio alejarse, sintiendo cómo el pecho le subía y bajaba de la rabia.
Tenía las manos a los costados de la falda, apretadas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Fiona regresó a la clínica y se concentró en su trabajo.
Ese día tuvo una carga de trabajo enorme, y no terminó hasta pasadas las nueve de la noche.
Antes de irse, pasó por la sala de descanso.
Al abrir la puerta y ver las cajas apiladas, sintió un ligero dolor de cabeza.
Dejar esas cosas ahí no era buena idea. Esteban, ese desgraciado, aparecía de vez en cuando, y si las veía, seguro empezaría a hacer conjeturas. Tenía que encontrar la manera de llevárselas a casa…
Acercó el carro a la puerta y, ella sola, fue metiendo las cajas una por una.
No cupieron todas en un solo viaje, apenas un tercio.
El resto tendría que esperar a mañana.
Al llegar a casa, mientras bajaba las cosas, se encontró con Ofelia Soto, que salía a tirar la basura.
—¿Tienen alguna promoción en la clínica? —preguntó Ofelia con curiosidad, abriendo una de las cajas. Al ver lo que había dentro, su rostro mostró una gran sorpresa—. ¡Pero qué bárbara! ¿Para qué compraste tantos labiales de marca? ¿Los regalas en las consultas?

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