Fiona se giró rápidamente al oír la voz.
Esteban se levantó furioso, mirándola desde arriba.
—Esa niña es hija tuya y de tu amante. ¿No te remuerde la conciencia mentirle así al abuelo?
Fiona levantó la vista, indignada.
—¡No estoy mintiendo! Esa niña es de mi compañera de celda.
—Entonces, ¿dónde están las pruebas? Para adoptar se necesitan pruebas, ¿no?
En ese momento, una voz grave rompió la tensa atmósfera.
—Yo puedo dar fe de eso.
Al oír la voz, todos voltearon hacia la entrada.
Cuando Fiona vio al hombre que entraba, se quedó helada por un instante.
¿Qué hacía él aquí?
—¿Tío? —Esteban miró con sorpresa al hombre que se acercaba lentamente—. ¿Qué acabas de decir? ¿Que tú puedes dar fe por ella?
Samuel le lanzó una mirada indiferente a Esteban y luego se sentó junto a Fiona.
El hombre fijó su vista en las personas que tenía enfrente.
—Sí, la compañera de celda de la señorita Santana era amiga mía y de Daniela. Silvia es, en realidad, hija de Natalia Ríos.
—¿Natalia? —Esteban se sorprendió un poco al escuchar el nombre—. ¿Y ella quién es?
—Ah, así que es su hija… —El abuelo Flores asintió pensativo—. Si es así, entonces parece que todo fue un malentendido.
Esteban se giró, incrédulo.
—Abuelo, ¿la conoces?



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