Fiona se sentó a comer sola en la mesa del comedor. Helena se acercó con curiosidad, corrió una silla y se sentó a su lado.
Le preguntó en voz baja:
—Señorita Santana, he oído que usted y aquel señor ya se divorciaron, ¿es verdad?
A Fiona le caían muy bien todas las personas de Costa de la Rivera, especialmente Helena, que no tenía ni una pizca de maldad.
Quizás por eso Samuel la había mantenido a su lado durante tantos años.
Fiona respondió sin rodeos:
—Sí, ya nos divorciamos. Ahorita estamos en el proceso legal, en el período de espera…
—¡Qué buena noticia! —Helena la miró emocionada y, por instinto, la tomó del brazo—. Entonces, ¿eso significa que ya puede estar con el señor?
Al escucharla, Fiona se quedó helada por un instante.
Sabía que la gente de Costa de la Rivera era muy discreta y que, aunque se lo contara, no lo divulgarían. Pero en este momento crucial, aparte de Ofelia y Silvia, no podía revelarle sus verdaderos sentimientos a nadie más.
—Helena, entre nosotros todavía no hay nada concreto. No te hagas ideas…
—¡Cómo que hacerme ideas! Desde la primera vez que la vi, pensé que usted y nuestro señor hacían una pareja perfecta. Si algún día llegan a formar una familia, sería algo maravilloso. Nuestro señor es un hombre tan bueno, no debería dejarlo pasar.
Fiona esbozó una leve sonrisa.
Por un momento, no supo qué responder.
En ese instante, el mayordomo se acercó.
—Señorita Santana, el señor pide que, cuando termine de cenar, no se vaya todavía. Quiere que suba a buscarlo al estudio.
La mano de Fiona, que sostenía los cubiertos, se detuvo por un instante.
Tras unos segundos de silencio, asintió levemente.
—De acuerdo.
Después de cenar, Helena recogió los platos mientras ella subía al segundo piso con paso ligero.


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