Samuel la observó fijamente y luego dijo en voz baja:
—No vuelvas a menospreciarte para hacerme quedar bien a mí…
Al escuchar sus palabras, Fiona se sorprendió un poco.
Así que estaba enojado por lo que había dicho en la montaña…
—Solo lo dije para calmar la situación. Estábamos en un momento crítico, ¿qué más podía hacer?
—Fiona, tú eres una mujer excepcional y encajamos a la perfección, en todos los sentidos. Además, hace mucho que te metiste en mi corazón. Aunque no quieras admitirlo públicamente, al menos no lo niegues ni te menosprecies…
Samuel la miraba con seriedad, sus ojos llenos de sinceridad.
Aquellas palabras, que no eran una declaración pero sonaban como una, se clavaron profundamente en su corazón.
—Samuel, ¿por qué te pones tan serio?
—¿Qué? ¿Mi seriedad te asusta? ¿Temes no poder darme una promesa? ¿O temes que algún día me dejes?
Samuel le acarició el rostro, sosteniéndolo suavemente, su mirada cada vez más profunda.
Fiona se quedó sin palabras ante sus preguntas.
La verdad es que no se sentía segura sobre su relación, y esa era la razón por la que no se atrevía a prometerle nada.
—Samuel, yo…
—Como sea, ya estás divorciada. Eso es al menos la mitad del camino recorrido. Así que no te preocupes por lo demás, ¡yo me encargo de todo!
*¡Yo me encargo de todo!*
Fiona sintió de pronto un nudo en la garganta.
Desde que su abuelo había fallecido, no había vuelto a escuchar esas palabras.
Esa sensación de tener a alguien que la respaldara, algo que no había encontrado en todos sus años de matrimonio, la estaba sintiendo ahora con este hombre.
Hizo que su corazón, que ya creía muerto, volviera a brotar, como si una semilla rompiera la tierra en un instante.
La sensación la emocionaba y la asustaba a la vez.
Lo miró con los ojos enrojecidos y sintió unas ganas inmensas de besarlo…

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