Al llegar a casa, Fiona bajó del carro.
Aunque sabía perfectamente que el carro de él estaba justo detrás, ni siquiera lo miró y entró directamente.
En la sala, Ofelia seguía despierta, viendo las noticias de la noche.
Fiona la miró con sorpresa.
—¿Por qué no te has dormido?
—No podía dormir —dijo Ofelia, levantando la vista hacia ella con una ligera sonrisa—. ¿Saliste a cenar con el señor Flores otra vez?
—No —negó Fiona suavemente—. Raimundo vino a buscarme de repente. Cené con él.
—¿Raimundo? —exclamó Ofelia, sorprendida—. ¿Cómo es que volviste a contactar con él?
—Dice que vio un video corto que publiqué en internet. Luego pidió a alguien que investigara, descubrió que abrí la clínica y vino a buscarme.
—Tu amigo es muy detallista, la verdad. Si me preguntas a mí… —Ofelia hizo una pausa antes de continuar—, seguro le gustas, te apuesto lo que quieras.
La mano de Fiona, que estaba a punto de tomar la tetera, se detuvo en el aire.
Bajó la cabeza y sonrió levemente.
—Qué va, no digas tonterías…
—¿Por qué no? Durante el tiempo que estuviste en la cárcel, dicen que te buscó por todas partes. Además, cuando pasaban tiempo juntos antes, yo ya notaba que la forma en que te miraba no era normal.
—No inventes —dijo Fiona, dejando la tetera sobre la mesa con voz seria—. Yo soy varios años mayor que él, solo podemos ser amigos…
—Aunque el señor Flores es un gran hombre, sigue siendo un Flores. Pero Raimundo es diferente. Nunca ha tenido novia, es el segundo hijo de la familia Menchaca y su poderío no es para tomarse a la ligera. Si de verdad terminaran juntos, al final sería…
—¿Por qué se pelearon? Al menos dime la razón.
Ya en el segundo piso, Fiona le contó brevemente lo sucedido esa noche.
El rostro de Ofelia se ensombreció.
—Tampoco puedes culparlo por enojarse, después de todo, fuiste tú quien le mintió primero…
—¿Ahora lo defiendes? ¿De qué lado estás? ¿Acaso te da dinero a escondidas para que hables tan bien de él?
—¡Claro que no! —Ofelia levantó tres dedos—. Lo juro, nunca he aceptado ni un centavo de él. Además, ¿quién se atrevería a aceptar dinero de un pez gordo como Samuel? Probablemente solo tú…
Fiona no pudo evitar soltar una risa amarga.
—Bueno, en realidad no es para tanto. Yo esperaba que, en cuanto tuvieras el acta de divorcio, pudiera juntarlos de una vez. ¿Cómo es que se pelean en un momento tan crucial?

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