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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 421

Era la primera vez que se besaban con tanta pasión en un lugar público, y por un momento se le erizó la piel.

No sabía si por los alrededores podría haber espías de Esteban. Si alguno de ellos los veía, el escándalo sería mayúsculo.

Instintivamente, Fiona volvió a poner las manos en el pecho de él para apartarlo.

Pero Samuel le sujetó las muñecas con firmeza, profundizando el beso.

Estaban en una zona muy apartada del estacionamiento.

No había nadie cerca, pero no podía descartar la presencia de cámaras de seguridad…

Al ver que él estaba perdiendo el control, no dudó en abrir la boca y morderle el labio con fuerza.

El hombre sintió el dolor y la soltó de inmediato.

Una gota de sangre perlaba el labio de Samuel. Se la limpió con el pulgar y se miró el dedo.

Se rio entre dientes.

«Vaya que lo había mordido hasta hacerlo sangrar…»

Fiona observó su risa contenida, y el nudo en su pecho se hizo más grande.

Era la segunda vez que discutían, pero esta vez había sido mucho más intensa que la anterior.

Fiona lo fulminó con la mirada y dijo sin rodeos:

—Vete a casa a calmarte. No nos veamos por un tiempo.

Se dio la vuelta y empezó a caminar a paso rápido hacia la salida del estacionamiento.

Samuel bajó la mano manchada de sangre, con una frialdad sin precedentes en la mirada.

La observó alejarse y se sintió como si lo hubieran arrojado al mar, incapaz de nadar hacia la superficie o de hundirse, una intensa sensación de asfixia lo ahogaba.

Nunca antes había experimentado algo así.

El hombre que había visto hoy era diferente a Esteban y a Orlando. Podía sentir claramente que, para Fiona, él era alguien especial.

Samuel sacó rápidamente su celular y llamó a Abraham.

Apenas contestó, se escuchó la voz de Abraham.

Fiona, que estaba sumida en sus pensamientos, se dio la vuelta rápidamente al oírlo.

Efectivamente, era el carro de Samuel…

Pero la rabia que sentía aún no se había disipado, así que no tenía intención de hacerle caso.

—No le haga caso —dijo sin rodeos—. Siga conduciendo.

El taxista sonrió con complicidad.

—¿Es su esposo? ¿Están peleados?

Esposo.

En el instante en que esas palabras llegaron a sus oídos, Fiona se quedó helada.

Era algo que había anhelado, pero la decepción de esa noche había borrado por completo esa fantasía.

Pensar en ello era ridículo.

¿Cómo era posible que ese hombre confiara tan poco en ella?

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