Justo cuando se disponía a llamarlo, un grito agudo resonó desde la entrada.
—¡Es este consultorio!
—¡Toda su herbolaria está caducada! ¡Mi hija no ha parado de vomitar sangre desde que se la tomó, son unos criminales!
…
Fiona y Thiago estaban revisando un nuevo lote de hierbas que acababa de llegar. Al oír el alboroto, miraron rápidamente hacia la puerta.
Una mujer de mediana edad, con una niña en brazos, entraba a su consultorio.
Detrás de ellos venían varios reporteros y dos hombres, familiares de la niña, que podrían ser sus tíos.
La voz de la mujer era tan fuerte que atrajo la atención de muchos pacientes. Incluso algunos peatones se acercaron a la puerta para curiosear, mirando hacia adentro con desconcierto.
Fiona reconoció de inmediato a la mujer y a la niña.
Eran Nina y su madre, a quienes había atendido personalmente la tarde anterior.
—Señora, ¿a qué se refiere con eso? ¿Cómo que nuestra herbolaria está caducada? ¡No ande levantando falsos si no tiene pruebas! Todos nuestros productos son frescos, ¡justo hoy nos llegó un pedido nuevo!
Thiago señaló un montón de cajas junto al mostrador.
—Mire, ahí están…
—¡Las hierbas que me llevé ayer estaban todas llenas de moho! ¡Estos señores reporteros acaban de ir a mi casa y grabaron todo! Si no me cree, ¡pídales que le enseñen las imágenes!
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