En cuanto Fiona terminó de hablar, todos miraron a la niña con incredulidad.
El rostro de la madre de Nina se descompuso.
Gritó a todo pulmón:
—¡Mentirosa! ¡Solo con verle la lengua ya dice que mi hija tiene una enfermedad grave! ¡Pero Nina nunca antes había vomitado sangre!
>>¡Fue después de tomarse las porquerías de su consultorio que se puso así! ¡Sus remedios la enfermaron! ¡Hoy mismo me va a dar una explicación!
Cuando Thiago vio que los dos tíos intentaban acercarse, se interpuso rápidamente frente a Fiona.
Extendió los brazos y los miró con rabia.
—¿Qué? ¿Acaso piensan ponerle una mano encima a la doctora Santana?
—¡No pensamos tocarla, pero exigimos una explicación razonable!
—¡Eso! ¡Queremos una explicación!
Fiona le puso una mano en el dorso a Thiago y se la bajó suavemente.
Thiago, al ver su gesto, se hizo a un lado.
Fiona, con un aura gélida, señaló hacia los gabinetes.
—Puede mandar a sus amigos reporteros a revisar nuestros cajones de herbolaria. Todas las existencias están ahí.
>>Si encuentran una sola hierba caducada o con moho, me comprometo, en nombre de este consultorio, a someterme a cualquier investigación de las autoridades competentes. ¡No eludiré ninguna responsabilidad!
Sus palabras provocaron un murmullo entre los presentes.
—Si lo dice con tanta seguridad, no creo que haya ningún problema, ¿o sí?
—Claro que no. Yo me he atendido muchas veces en este consultorio y nunca me han dado un remedio caducado. Todos son recientes.
—Es verdad, tienen tantos clientes que las hierbas se les acaban rapidísimo.
—¿No será como la otra vez, que alguien les está queriendo hacer la maldad?
…


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