—Hace mucho que no te veía, quería venir a verte. Solo que no esperaba encontrarme con este espectáculo...
Daniela levantó la mirada hacia él, ocultando una pizca de incredulidad en su expresión.
El tono de Samuel era una mezcla de frialdad e indiferencia:
—En el futuro, no vengas si no tienes nada que hacer aquí.
—¿Qué quieres decir? —Daniela mostró dolor en su mirada—: ¿Por esa mujer vas a romper tantos años de amistad conmigo? Vaya que eres capaz de llegar lejos por ella.
—No quiero que mi novia me malinterprete por tu culpa. Además, tú y yo solo somos amigos, no es necesario que vengas a verme tan seguido.
Samuel alzó una ceja, sacó un cigarro y lo encendió.
—¿Novia? —La sorpresa en los ojos de Daniela se hizo más intensa—: ¿Por fin admites que es tu mujer? Antes te negabas a admitirlo a toda costa, ¿por qué ahora sí?
—Antes, efectivamente, no estábamos juntos. Pero ahora sí lo estamos, así que no hay nada que ocultar...
Daniela lo interrumpió antes de que pudiera terminar:
—¡Samuel! Ella es la ex esposa de tu sobrino. ¡No deberías estar con ella, de todas las personas en el mundo!
El hombre dio una calada al cigarro y, al soltar el humo, este envolvió su rostro extremadamente apuesto, dándole un aire más frío que de costumbre.
—A mí nunca me han importado esas cosas, lo sabes... —Tras un largo silencio, respondió en voz baja—: Yo no tengo tabúes.
—¡Estás loco! ¡Realmente te volviste loco! —Daniela gritó de repente—: Si algún día se casan, ¿cómo la llamará Esteban? ¿Tía?
—¿No suena emocionante? —Samuel curvó los labios en una sonrisa fría—: De ex esposa a tía, seguro se muere del coraje hasta en sueños. Ese es justo el escenario que quiero ver...
El abrazo repentino dejó a Samuel pasmado por un momento.
Al reaccionar, tiró el cigarro rápidamente e intentó apartarla con fuerza, pero Daniela lo abrazaba con tanta intensidad que por un momento no pudo soltarse.
—Samu, termina con ella, ¿sí?
—Te amo de verdad.
—Quiero estar contigo...
En ese momento, en el balcón del segundo piso.
Fiona estaba recargada en el barandal, observando en silencio la escena en el kiosco. La mano que tenía sobre el barandal se cerró en un puño al instante.

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