—¡Yo creo que la loca eres tú! Aunque no soy psiquiatra y no puedo curar tu locura, puedo aliviarte ese ataque de ira temporalmente.
Fiona le torció el brazo a la espalda, levantó la pierna y le clavó la rodilla en la cintura, inmovilizando a Daniela contra el sofá.
—¡Suéltame! ¿Me oíste?
—¡Fiona! ¡Te voy a matar!
...
Fiona ignoró sus gritos y no aflojó el agarre ni un poco.
Al instante siguiente, levantó la mano sin dudar y clavó la aguja con precisión en un punto de acupuntura en la espalda de Daniela.
Una, dos, tres...
Cada vez que la aguja entraba, Daniela soltaba un gemido ahogado.
Dolía, sí, pero el dolor no era lo peor; lo peor era que no podía moverse.
Cuando la docena de agujas estuvo repartida por su cuerpo, Daniela quedó completamente paralizada, tirada en el sofá como un trapo viejo.
Si intentaba moverse lo más mínimo, oleadas de dolor recorrían todo su cuerpo.
—¡Fiona! ¿Qué me hiciste? ¿Por qué me duele todo?
Daniela no podía ni levantar la cabeza; su vista estaba fija en los tacones de Fiona.
—Si duele es porque está funcionando. —Fiona sonrió con frialdad—. Quédate ahí una hora. Alguien vendrá a quitarte las agujas luego.
Después, caminó hacia la puerta.
A sus espaldas se escuchaban los insultos de la mujer, pero ella ni siquiera volteó; salió con total tranquilidad.
—¡Fiona! ¡Maldita sea! ¡Sácame estas agujas ya!
—¡Fiona! ¡Regresa! ¿Me oyes?
Y siendo honestos...
No era precisamente un procedimiento médico muy ortodoxo.
Al saber la verdad, Thiago tragó saliva otra vez.
¡No te metas con nadie, pero menos con una mujer que sabe medicina!
Sobre todo si es tan buena como ella...
Fiona recogió sus cosas y miró a Thiago:
—Tengo una visita a domicilio. En cuarenta y cinco minutos, ve y quítale las agujas...
Thiago, antes de que ella terminara, agitó las manos frenéticamente:
—¡No, ni loco! ¿Y si la dejo paralítica?

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