En la sala de urgencias, no había mucha gente en ese momento; incluso el personal médico era escaso.
Sin embargo, el alboroto que habían armado no era menor y terminó por llamar la atención de los presentes. La multitud de curiosos comenzó a crecer.
Ambos eran empresarios con reputación pública; si continuaban con el escándalo, seguramente mañana amanecerían en los titulares.
—Deberías dar gracias de que esta vez no pasó nada grave, ¡porque de lo contrario no te la acabarías! —Samuel lo soltó de golpe, mirándolo con desprecio desde su altura—. ¡Lárgate!
Esteban jadeaba con dificultad, y su rostro seguía enrojecido.
Tenía la cara golpeada y sus ojos, inyectados de sangre, miraban fijamente a Samuel.
Desde el día en que Samuel y Fiona empezaron su relación, Esteban sabía que este momento llegaría.
Estaba seguro de que terminarían a golpes...
Al ver la furia de Samuel y notar la cantidad de gente mirando —algunos incluso sacaron su celular para grabar—, Esteban se vio obligado a levantarse del suelo y caminar rápidamente hacia la salida de urgencias.
Samuel no quiso ni volver a mirarlo; se sentó en la banca del pasillo, esperando en silencio a que Fiona saliera.
A las dos de la madrugada, Fiona despertó. Estaba rodeada de paredes blancas y un olor fuerte y penetrante a desinfectante invadió su nariz al instante.
Bajó la mirada y vio que tenía una vía intravenosa en el dorso de la mano. Samuel estaba sentado junto a la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, pareciendo descansar con los ojos cerrados.
Fiona no quería molestarlo, pero estaba cansada de estar acostada e intentó incorporarse.
Quizá fue el roce de las sábanas lo que alertó al hombre, pues Samuel levantó la vista de inmediato. Al ver que Fiona había despertado, sus ojos se iluminaron de alegría: —¿Despertaste?


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