—Tranquila, te aseguro que me encargaré de ella.
La mano del hombre, posada sobre las sábanas, se tensó involuntariamente.
Fiona lo miró confundida: —¿Qué piensas hacerle?
—Tú no te preocupes por eso. Dedícate a recuperarte y déjame el resto a mí.
Samuel extendió la mano y le acarició suavemente la mejilla, con la mirada llena de cariño.
Fiona asintió levemente y cambió de tema: —Por cierto, ¿cómo supiste que Esteban me había llevado?
—Israel los vio y me llamó de inmediato. Dijo que era posible que te llevara a Villa San Telmo. Justo iba manejando a casa, así que decidí probar suerte, por si acaso los encontraba...
El rostro del hombre se tiñó de frialdad.
—Lo siento, te hice preocupar —dijo Fiona con tono de culpa.
—Ya pasó —Samuel le acarició la cabeza—. De ahora en adelante, solo mantente alerta cuando trates con ellos, y sobre todo, no vuelvas a ver a Bianca a solas, ¿entendido?
—Está bien.
Fiona asintió y no dijo nada más.
Cuando volvió a dormirse, ya eran las cuatro de la madrugada.
Samuel se recostó en la cama de acompañante, pero no lograba conciliar el sueño. Todo lo ocurrido esa noche pasaba una y otra vez por su mente.
No se atrevía ni a imaginar las consecuencias si algo le hubiera pasado realmente esa noche.
Ya fuera con otros hombres o con Esteban...
Probablemente se habría vuelto loco.
No quería ni pensarlo.
Una ira inexplicable surgió en su interior y se negaba a desaparecer.
Fiona estuvo internada dos días completos, y Samuel no se separó de ella.
—Escuché que venías, así que preparé tus platillos favoritos —Ofelia la invitó a pasar—. Lávate las manos y siéntate.
—Claro.
Ya en la mesa, Ofelia preguntó con curiosidad: —¿Samuel se enfermó? ¿Estuviste cuidándolo estos días?
La espalda de Fiona se tensó por un instante, pero decidió no contarle la verdad.
Negó con la cabeza: —Fueron otras cosas.
Ofelia asintió pensativa y no insistió más.
Casi al terminar la cena, el celular que estaba en la sala comenzó a sonar.
Fiona tomó el aparato y salió al balcón.
Apenas contestó, escuchó la voz nerviosa de Abraham: —Señorita Santana, por favor venga rápido a Costa de la Rivera. Necesitamos que calme al señor Flores, o va a ocurrir una desgracia.

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