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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 684

—Solo estaba jugando —dijo Samuel con tono despreocupado—. Hace mucho que no practicaba, y mi puntería es excelente, si no, no habría...

—¿Y si fallabas? —interrumpió Fiona con seriedad—. Si hubiera ocurrido un accidente, el juego se habría acabado. ¿Pensaste en las consecuencias?

—¿Y qué querías? ¿Que usara sus mismos métodos sucios y buscara a unos tipos para que la...?

—¡Cállate!

Fiona lo cortó antes de que terminara la frase.

La habitación quedó en un silencio sepulcral.

El rostro de Samuel se oscureció mientras la miraba fijamente.

Fiona también lo miraba con los ojos enrojecidos, como si ocultara una tormenta en su interior.

Después de unos segundos, el hombre se dio cuenta de que la había asustado.

Se acercó lentamente: —Ya, está bien. Quizá se me pasó un poco la mano, pero estaba bajo control. Solo quería darle una lección; esa mujer se lo merecía y no me iba a quedar tranquilo si no hacía algo por ti.

—Hay muchas formas de ponerla en su lugar, pero elegiste la más peligrosa. Si algo salía mal, te habrías arruinado.

Habían luchado mucho para llegar a donde estaban; no quería ni imaginar las consecuencias de un error así.

Antes pensaba que Samuel siempre proyectaba seguridad y calma, pero en realidad tenía un lado muy oscuro; solo lo ocultaba porque la amaba profundamente.

—Ya, sé que te asusté —Samuel la abrazó—. No lo volveré a hacer, ¿sí?

—La cárcel no es un buen lugar. No quiero que por mi culpa cometas un error. Quiero que estés a mi lado, toda la vida...

La voz de Fiona se quebró en un sollozo.

El corazón de Samuel se llenó de ansiedad y se apresuró a explicar: —Eso no iba a matar a nadie, no te pongas así.

Fiona lo empujó: —¡Tú también estás loco!

Se levantó de la silla con la intención de irse.

Fiona lo fulminó con la mirada: —¿Crees que con un beso se me va a pasar? ¿El señor Flores cree que sus besos son más dulces que un caramelo para contentarme?

—Si uno no basta, entonces dos... —Samuel la miró muy serio—. Y si sigues enojada, te besaré hasta que se te pase.

—¡Atrévete!

—¿Por qué no habría de atreverme?

Samuel soltó una risa ronca y la miró con ternura.

Fiona no pudo evitar sonreír y finalmente se rindió: —Tengo hambre, quiero cenar.

Samuel sonrió: —Bajemos a cenar entonces.

Esa misma noche, en casa de Bianca.

Esteban tocó la puerta y, cuando se abrió, aquel rostro familiar apareció ante sus ojos.

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