Fiona regresó a acompañar a Raimundo con un par de tragos y luego se levantó para irse.
Raimundo insistió en llevarla personalmente. Antes de que Fiona pudiera negarse, él la tomó de la muñeca y caminaron juntos, hombro con hombro, hacia el estacionamiento.
En el trayecto, el teléfono de Fiona sonó.
Pero como estaba bastante tomada, al sacar el celular presionó el botón de rechazar sin querer. Ni siquiera se fijó quién llamaba y se subió al carro a las prisas.
Poco después de subir, se quedó profundamente dormida.
Media hora más tarde, el coche llegó a la entrada de su casa en el Residencial San Jerónimo.
Raimundo vio que Fiona dormía pesadamente, así que abrió la puerta para bajarla en brazos.
Apenas se dio la vuelta, vio a un hombre parado en la entrada del jardín.
Era Samuel.
Raimundo se tensó ligeramente, deteniendo los brazos que sostenían a Fiona.
No esperaba toparse con Samuel en la puerta.
Al ver la escena, el aura de Samuel se volvió peligrosa. Se acercó con pasos largos, con la mirada helada.
—¿Por qué la llevaste a beber?
Raimundo contestó con calma:
—Hoy es mi cumpleaños, así que Fiona se tomó unas copas de más.
Samuel extendió los brazos de inmediato.
—Dámela.
Aunque Raimundo no quería, terminó entregando a la mujer en sus brazos al hombre frente a él.
Fiona estuvo dormida todo el tiempo, sin despertar ni un instante.
Al verla así, Samuel sintió una rabia incontenible.
Borracha a tal grado… ¡De verdad que no le tiene miedo a nada!
Menos mal que Raimundo es un caballero; si hubiera sido otro, seguro se habría aprovechado de ella.
—Mira nada más cómo vienes, ¿y todavía quieres seguir tomando?
—Si no quieres, pues no. ¿Dónde está Raimundo? Dile a Raimundo que venga a tomar conmigo…
Fiona empezó a manotear al aire y a rodar por la cama, como si estuviera buscando algo.
Samuel estaba enojado, pero al verla así, el coraje se le bajó de golpe.
Es su mujer, ni modo, tiene que consentirla.
—Si ya despertaste, levántate. Te voy a llevar a bañar.
Fiona se levantó obediente y caminó tambaleándose hacia el baño.
—Yo puedo sola.
Samuel no se fiaba, así que entró tras ella.
Fiona tropezaba con sus propios pies y casi se pega contra el lavabo. El hombre extendió la mano rápido para amortiguar el golpe contra el borde y con la otra la agarró de la cintura, atrayéndola hacia él.

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