El BMW de adelante la había seguido desde que subió la montaña. Raimundo pensó que también iban a visitar a algún pariente.
Cuando Fiona se bajó, el conductor del BMW, un hombre de azul, también bajó con cosas.
Raimundo esperó y esperó en el carro hasta que Fiona regresó.
Quizás por la lluvia inminente, Fiona corrió rápido. Él no alcanzó a bajar para hablarle y ella ya había arrancado. El BMW la siguió.
Cuanto más la seguían, más raro se sentía…
¡Nunca imaginó que pasaría una tragedia así!
Raimundo estaba a punto de llorar de la desesperación.
Sabía nadar muy bien, ¡pero le tenía pánico a las alturas!
Estaba parado en la orilla, temblando de pies a cabeza.
Entonces recordó que Fiona le había salvado la vida dos veces. Era momento de pagarle. Dejando de lado que le gustaba, era su deber moral bajar a salvarla.
Raimundo regresó al auto por un rompevidrios y, apretando los dientes, saltó.
Por suerte, no se desmayó del miedo en la caída.
…
Esteban llamó a Fiona muchas veces, pero nadie contestó.
Al final, marcó el número de Samuel.
Cuando contestaron, se oyó una voz lúgubre:
—¿Qué quieres?
—Tío, ¿sabes dónde está Fiona? No me contesta. Al principio entraba la llamada, pero ahora está apagado…
Samuel dejó los documentos sobre la mesa y se levantó lentamente. Su expresión era sombría.
¿Le habrá pasado algo?
Ese pensamiento lo asustó.
Agarró las llaves del coche y se fue volado al Residencial San Jerónimo.
Con un paraguas negro, golpeó la puerta del jardín con desesperación, pero nadie salió.
Sacó el celular y volvió a llamar a Ofelia.
—Señor Flores, ¿encontró a Fiona?
—No. ¿Dónde está la tumba de su abuelo?
—En el cementerio al norte.
Con la dirección en mano, el hombre aceleró hacia allá.

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