La llegada de Samuel dejó a Esteban boquiabierto. ¿La niña acababa de llamar «papá» a su tío? Pero si él ni siquiera se había casado, ¿de dónde había salido esa hija? ¿Sería ilegítima? Un torbellino de preguntas sin respuesta se desató en su mente.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Samuel, notando la tensión en el ambiente. Su rostro se endureció al ver la expresión de angustia de Silvia. Fijó la mirada en Esteban y frunció el ceño.
—Tío, ¿desde cuándo tienes una hija tan grande? Nunca había oído nada al respecto —dijo Esteban, perplejo, señalando a Fiona con la barbilla—. ¿Y por qué es Fiona quien la trae a la escuela?
La mano de Fiona, que sostenía la de la niña, se apretó con más fuerza. No se esperaba que Silvia llamara a Samuel «papá». Mientras se devanaba los sesos buscando una salida, el hombre habló con una calma imperturbable.
—Silvia es, en efecto, mi hija. Hoy era su primer día de clases y, como no tenía tiempo de traerla, le pedí a la señorita Santana que lo hiciera por mí.
«Hija». La palabra resonó en los oídos de Fiona, dejándola estupefacta. Era evidente que se trataba de una excusa de Samuel. ¿Cómo iba a ser Silvia su hija?
—Pero hoy es la graduación de Pedro. Fiona no solo no piensa asistir, sino que además se dedica a hacerle favores al señor Flores… —murmuró Bianca, tratando de avivar el conflicto.
—¿Algún problema? —Samuel la cortó en seco, clavando su mirada en ella—. ¿Tiene alguna objeción, señorita Morales?
—No, ¡cómo me atrevería! —replicó Bianca, tragándose su orgullo y desviando la mirada, visiblemente intimidada. Instintivamente, tiró de la manga de Esteban, buscando su apoyo.
Pero Esteban retiró el brazo y miró a Fiona.
—Ya que solo estabas ayudando a mi tío, dejemos el asunto. Cuando termines de acompañar a su hija, puedes venir al patio a la graduación de Pedro…
Antes de que pudiera terminar, Fiona lo interrumpió.
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