—Se lastimó el dorso de la mano, se ve grave. ¡Ven rápido, por favor!
En teoría, ella no debería meterse en esto, pero al escuchar la angustia en la voz de Pedro, se le encogió el corazón.
Además, ese hombre había estado en su casa esa misma noche; si algo pasó después de irse, probablemente fue porque fue a ver a Bianca.
Tras pensarlo un momento, accedió a la petición de Pedro de ir a ver a Esteban.
Al llegar a Villa San Telmo, Fiona entró a paso firme.
Esteban seguía sentado en el sofá, con la mirada clavada en el piso, y Pedro estaba a su lado, muy nervioso.
Al ver a Fiona, Pedro corrió hacia ella: —Mamá, por fin llegaste, ¡revisa a papá!
Al oír la voz del niño, Esteban levantó la vista rápidamente y miró incrédulo a Fiona entrando.
Al verla, sus pestañas temblaron ligeramente.
Fiona le dio unas palmadas suaves en la cabeza al niño: —Vete a dormir, yo me encargo de él.
—Pero, mamá...
—Sube a tu cuarto.
El tono de Fiona era tranquilo, su rostro inexpresivo.
Pedro finalmente obedeció y subió las escaleras.
Fiona miró de reojo la espalda del niño alejándose, luego se dirigió al mueble y sacó el botiquín de primeros auxilios.
Al acercarse a Esteban, los ojos del hombre mostraron sorpresa: —No pensé que vendrías.
—Vine por el niño, no por ti. Se oía muy nervioso, así que vine a ver.
Fiona habló con indiferencia, fijando la vista en su mano.
Se sentó en la mesa de centro, manteniendo cierta distancia.
—Ay...
El desinfectante ardió al contacto, provocando un gemido ahogado en el hombre.
Esteban observaba sus facciones delicadas, las largas pestañas proyectando una sombra tenue bajo sus ojos, curvadas como un abanico.
De repente, sintió una oleada de emociones en el pecho que no se disipaba.
No sabía por qué, pero ver ese rostro le provocaba una conmoción especial.
Cada gesto, cada sonrisa, tiraba de su corazón.
Era una sensación que nunca antes había experimentado.
—Fiona, ¿realmente eres feliz con mi tío?
La mano de Fiona, que sostenía la pomada, se detuvo un instante.

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