Tras recuperarse, sonrió levemente: —¿Tú qué crees? Si no fuera feliz, no llevaría tanto tiempo con él.
—La verdad es que espero que tú puedas...
No pudo terminar la frase; Fiona lo interrumpió: —Si vas a decir cosas sin sentido, mejor cállate.
Esteban la miró en silencio y no dijo nada más.
Observó cómo le aplicaba la medicina y le vendaba la herida. Tuvo unas ganas inmensas de abrazarla, pero se contuvo.
—Llamar a mi mujer tan tarde para que venga a curarte las heridas... ¿es que se murieron todos los doctores de Santa Matilde?
En ese momento, una voz extremadamente grave llegó a sus oídos.
Fiona estaba atando la venda y su mano tembló levemente al escuchar al hombre.
Giró la cabeza bruscamente hacia el origen de la voz.
Samuel había entrado sin que se dieran cuenta y estaba recargado en el marco de la puerta, mirándolos con indiferencia.
Fiona sintió un escalofrío en la espalda y una leve tensión en el pecho.
Samuel no entraba ni salía, solo se quedó ahí parado, lo que hizo que Fiona sintiera una presión enorme.
Terminó de atar el nudo de la venda rápidamente y se levantó de la mesa de centro.
Esteban miró hacia la puerta sin decir palabra.
Los dos hombres se miraron a la distancia; al cruzarse sus miradas, parecía haber chispas invisibles en el aire.
Finalmente, Samuel caminó a paso firme hacia la sala y se detuvo frente a Fiona.
Esteban apretó los dientes y soltó: —Tío, fue el niño quien la llamó, no fui yo. Ella vino solo por el niño.

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