La última vez que vio a Silvia, hacía unos dos años, la niña era bastante vivaracha. Le costaba asociarla con la palabra «autismo».
—No fue algo repentino, sino el resultado de una acumulación de factores a lo largo del tiempo —explicó Fiona, con el rostro ensombrecido por la pena—. Me han dicho que, desde que su madre entró en la cárcel, su padre no ha dejado de maltratarla. Los gritos y los golpes eran el pan de cada día.
Una frialdad implacable se reflejó en la mirada del hombre.
—Sabía que su marido era un jugador, pero no que también fuera un maltratador.
—Me lo contó la directora del orfanato. Al parecer, le pegaba a Silvia cada dos por tres. —Suspiró—. Esa niña ha sufrido demasiado.
Al oír su suspiro, Samuel se giró para mirarla. La compasión en su rostro era tan genuina que lo conmovió profundamente.
Fiona, al sentir su mirada, se giró hacia el otro lado. El hombre apartó la vista a toda prisa.
—Por lo que sé, la sentencia de Natalia se ejecutará pronto… —dijo, omitiendo las palabras más duras—. ¿Piensas quedarte con ella de forma permanente?
—Sí. Su padre la abandonó hace tiempo. La adopté en el orfanato. En cuanto me divorcie oficialmente y me desvincule de la familia Flores, se convertirá legalmente en mi hija adoptiva.
«Hija adoptiva». Al pronunciar esas palabras, lo hizo con un énfasis especial.
El resultado era algo que Samuel no se esperaba. Pensaba que solo la acogía de forma temporal, no que la había adoptado.
—Esteban seguramente mandará a investigar a la niña. Ya he tomado medidas para cerrar el pico a quien haga falta, pero no puedo garantizar que no se filtre nada. Si descubre algo y te pregunta, mantente firme en que es mi hija.
Fiona se quedó atónita.


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